Por Yeison Derulo
La Habana.- El régimen cubano volvió a hacer lo que mejor sabe: publicar documentos llenos de promesas mientras el país se hunde en una crisis cada vez más profunda. Esta vez se trata del Programa Económico y Social para 2026, presentado como la gran “hoja de ruta” para salvar la economía nacional.
El primer ministro Manuel Marrero Cruz anunció con entusiasmo que más de dos millones de personas participaron en el análisis del plan. En teoría, suena impresionante; en la práctica, cualquiera que viva en la isla sabe que esos “debates populares” suelen ser ejercicios formales donde se escucha mucho y se cambia poco. La economía cubana lleva décadas estancada, pero la dictadura insiste en vender cada nuevo documento como si fuera el comienzo de una era de prosperidad que nunca llega.
El texto reconoce, sin demasiado maquillaje, que el país enfrenta distorsiones críticas y graves desequilibrios macroeconómicos. Sin embargo, la explicación oficial vuelve a girar alrededor del mismo argumento de siempre: el bloqueo estadounidense de más de seis décadas.
Nadie niega que las sanciones de Estados Unidos afectan, pero reducir el desastre económico cubano únicamente a ese factor resulta un insulto a la inteligencia. El verdadero problema ha sido la incapacidad crónica del modelo centralizado impuesto por el Partido Comunista, que ha demostrado una y otra vez que no sabe producir, no sabe administrar y mucho menos generar prosperidad.
El programa establece 10 objetivos generales, 111 metas y 505 acciones concretas, una cifra que impresiona sobre el papel. Entre las prioridades aparecen aumentar la producción nacional de alimentos, incrementar exportaciones y mejorar el entorno macroeconómico.
Lo curioso es que estas mismas metas se repiten prácticamente en cada plan económico desde hace décadas. El castrismo habla de incrementar la producción de viandas, granos, leche, huevos y carne en un país que importa gran parte de lo que consume.
La pregunta inevitable es la misma de siempre: si llevan más de sesenta años prometiendo soberanía alimentaria, ¿por qué la isla sigue dependiendo del exterior para todo?
Otro de los puntos centrales del programa es la llamada soberanía energética. Las autoridades aseguran que se priorizará el uso de combustibles nacionales y la instalación de nuevos parques solares fotovoltaicos. La realidad, sin embargo, es que el sistema eléctrico cubano vive en estado de colapso permanente, con termoeléctricas obsoletas y apagones que pueden durar más de diez horas.
Mientras, el discurso oficial habla de transición energética, millones de cubanos sobreviven entre velas, plantas eléctricas improvisadas y una incertidumbre constante sobre cuándo volverá la luz.
Finalmente, el documento promete mantener las políticas sociales del modelo cubano, garantizar cobertura médica al 95 % de la población y asegurar al menos el 50 % de los medicamentos del cuadro básico.
Suena noble, pero la realidad en hospitales y farmacias cuenta otra historia. La escasez de medicinas es generalizada y muchos pacientes dependen de familiares en el extranjero para conseguir tratamientos básicos.
El régimen insiste en presentarse como defensor del bienestar social, pero cada nuevo plan económico parece confirmar lo mismo: mucha retórica, demasiada propaganda y una incapacidad estructural para sacar a Cuba del agujero económico en el que la propia revolución la ha metido.
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