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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
… CAMBIAR …lo que se pueda para mantenerse en el poder, una jugada que demuestra, que no entienden… lo que pasará … No ven el fin … torpes!
Houston.- La reciente comparecencia de Miguel Díaz-Canel deja una impresión difícil de ignorar: En Cuba habla un presidente, pero el poder real continúa en otra parte. Su intervención estuvo marcada por un tono insistente de resistencia, sacrificio y paciencia, pero prácticamente ausente de decisiones concretas capaces de enfrentar la crisis que atraviesa el país.
Un detalle revelador fue la reiterada referencia a Raúl Castro. No se trató de una mención protocolar, sino de una evocación constante que, lejos de fortalecer su autoridad, expone la estructura real del poder en Cuba: Un presidente que administra la palabra pública mientras las decisiones estratégicas permanecen bajo la sombra del antiguo liderazgo.
El discurso también mostró una contradicción evidente. Durante semanas el gobierno negó que existieran conversaciones con Estados Unidos, pero ahora se admite que esos contactos existen. La explicación ofrecida intenta salvar la narrativa política: Dialogar sí, rendirse no. Sin embargo, esta fórmula retórica no oculta el hecho central: La crisis económica y energética ha colocado al régimen ante una presión internacional y material que lo obliga a explorar salidas que antes negaba.
El problema es que, incluso al reconocer esos contactos, el presidente no explicó cuál es el propósito real de esas conversaciones. No se habló de reformas estructurales, ni de cambios políticos, ni de transformaciones económicas profundas. El mensaje volvió a centrarse en lo mismo: Más sacrificios para la población, más resistencia frente a las dificultades y una vaga esperanza en soluciones futuras.
Lo que queda fuera del discurso es quizás lo más significativo. No se menciona la pérdida acelerada de legitimidad interna, el colapso productivo del país ni la creciente incapacidad del modelo para sostener las necesidades básicas de la población. Tampoco se reconoce que el diálogo con Washington no surge de una posición de fuerza, sino de una debilidad cada vez más evidente.
La comparecencia, en suma, revela un fenómeno político singular: Un jefe de Estado que habla mucho de resistencia, pero que no muestra capacidad real para decidir el rumbo del país. En medio de la crisis más profunda que ha vivido Cuba en décadas, el presidente aparece más como portavoz de un sistema agotado que como el dirigente capaz de conducir una salida.
Y ese es, quizá, el dato más elocuente de todo el episodio: En Cuba la crisis exige decisiones, pero el poder sigue atrapado en un esquema donde quien habla no necesariamente es quien manda.