Enter your email address below and subscribe to our newsletter

El precio de la imprudencia o cuando la retórica supera a la realidad

Comparte esta noticia

Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay un instante en la política, un punto de no retorno, en el que el lenguaje deja de ser diplomacia o propaganda para convertirse en una amenaza vacía que el adversario toma como invitación. Miguel Díaz-Canel, el presidente nominal de Cuba, atraviesa ese peligroso umbral cada vez que corea su bravuconería antiestadounidense.

Sus arengas, diseñadas para el consumo interno y la galería ideológica, ya no son ecos de la Guerra Fría; son señales sonoras que un Washington en modo agresivo está aprendiendo a decodificar como casus belli. El problema no es la retórica en sí, sino la desproporción abismal entre la potencia de las palabras y la debilidad real del régimen que las pronuncia.

La historia reciente está plagada de lecciones que La Habana parece haber archivado bajo el rótulo de «no aplicable». Saddam Hussein prometió a George H. W. Bush «la madre de todas las batallas» y terminó extrayéndose de un agujero en Tikrit, juzgado por sus propios súbditos y ejecutado en una horca de la que el mundo entero fue testigo.

Manuel Noriega desafió al «imperio» desde su comandancia en Panamá y fue capturado, encarcelado en suelo estadounidense, luego en Francia, hasta que murió en su país en 2017. La distancia entre la proclama épica y el desenlace sórdido es una constante de la que ningún déspota se salva.

Malos cálculos políticos

Incluso Muamar el Gadafi, quien durante décadas financió y azuzó a movimientos antioccidentales, descubrió que su retórica de «guerra popular» se evaporó cuando los tanques de la OTAN llegaron a Trípoli. Su final, escondido en un desagüe, linchado por su propio pueblo, es el epílogo más gráfico de lo que ocurre cuando el poder se confunde con la omnipotencia.

Estos no fueron errores militares; fueron fracasos de cálculo político, una incapacidad fatal para medir la determinación y los recursos del adversario.

El caso más reciente, y quizás el más análogo al cubano, es el de Nicolás Maduro. Su desafío público a Donald Trump —»Aquí lo estaré esperando en Miraflores. Venga por mí, cobarde»— fue el detonante que aceleró su proceso de captura y la construcción de un expediente judicial en Nueva York.

La bravata no fortaleció su posición; la hizo insostenible, convirtiendo una amenaza vaga en un objetivo concreto para el aparato legal y de inteligencia estadounidense, y finalmente de las fuerzas armadas de aquel país.

Canel no sabe que se acabó el ajedrez político

Díaz-Canel repite ahora el mismo patrón, ignorando que Washington ya no juega al ajedrez geopolítico de la contención, sino al póquer de la presión máxima. Cada vez que anuncia «guerra de todo el pueblo» desde una tribuna, o insulta a la administración Trump como «cobarde», no está defendiendo la soberanía; está ofreciendo, en bandeja de plata, el pretexto narrativo que el Departamento de Justicia o el Consejo de Seguridad Nacional necesitan para justificar una acción más drástica.

En un escenario donde la estrategia es el lawfare (la guerra jurídica) y la asfixia económica, la provocación verbal es el combustible que el enemigo usa para encender sus motores.

El régimen cubano se encuentra, así, en la peor de las encrucijadas: la de haber construido su identidad sobre un discurso de desafío perpetuo, en un momento histórico donde ese desafío puede tener consecuencias existenciales inmediatas.

La diferencia con Irak, Panamá o Libia no es que Cuba sea más fuerte, sino que su colapso es más avanzado. No haría falta una invasión; bastaría con apretar unos tornillos financieros más, con activar completamente la Helms-Burton o con presentar un caso sólido por narcoterrorismo ante un tribunal de Miami.

Díaz-Canel, al emular la retórica de los dictadores derrocados, no está mostrando valor. Está firmando, con cada discurso, un pagaré que la frágil economía y el descontento social cubano no podrán pagar cuando venza. Y la historia sugiere que, cuando ese momento llegue, no lo encontrarán en un palacio, sino en el último lugar donde crea posible esconderse. La madre de todas las batallas, para un régimen exhausto, podría ser la última.

Deja un comentario