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Por Robert Prat ()
Miami.- Hay algo cruel en la forma en que el béisbol trata a quienes viven de recuerdos. El Grupo A del VI Clásico Mundial, con sede en el Estadio Hiram Bithorn de San Juan, debía ser, en el papel, el más accesible para Cuba. Puerto Rico, Canadá, Colombia y Panamá no son los monstruos sagrados de otras llaves, donde Estados Unidos, Japón o República Dominicana imponen su ley con nóminas de otro planeta.
Y sin embargo, la selección cubana llega como un convidado de piedra, un exgigante al que las apuestas colocan en el décimo lugar entre los favoritos, con cuotas de +1800 que huelen más a lástima que a confianza. No es un grupo imposible, pero para este equipo, cualquier grupo lo sería.
Porque esta es, sin ambages, la peor versión de un equipo cubano en la historia de los Clásicos. Aquellos que alcanzaron la final en 2006 y que firmaron una memorable semifinal en 2023 parecen fantasmas de otra época. Hoy, la nómina apenas sostiene dos nombres con peso real en las Grandes Ligas: Yoán Moncada, lastrado por lesiones y una inconsistencia crónica, y Yariel Rodríguez, más valioso como relevista de largo aliento que como abridor.
Luego están los guerreros de la liga japonesa, Liván Moinelo y Raidel Martínez, dos brazos de élite que, en un mundo justo, serían el complemento de una ofensiva temible. Pero la ofensiva, ay, la ofensiva es un problema de álgebra complicada.
Alfredo Despaigne, a sus 39 años, sigue siendo el líder histórico en jonrones del torneo. Eso es un dato hermoso y, a la vez, una confesión de pobreza. A su lado, Erisbel Arruebarrena, de 35 años, y Alexei Ramírez, con 44 primaveras a cuestas, completan un cuadro de veteranos que inspiran más nostalgia que temor en los rivales.
No es un lineup, es un museo viviente. La velocidad, ese activo letal en el béisbol moderno, brilla por su ausencia. La capacidad de fabricar carreras con pequeñas jugadas, de presionar al rival con piernas jóvenes, queda reducida a la esperanza de que Moncada despierte y que Despaigne encuentre una última tarde de gloria. Es demasiado peso para tan pocas espaldas.
Y luego está el elefante en la habitación, ese del que se habla en voz baja pero que condiciona todo. Muchos de los mejores peloteros nacidos en la isla, los que podrían haber dado a este equipo otra textura, dijeron no. No es un secreto: la falta de libertades en el país, la diáspora que ha tejido una selección paralela de estrellas que jamás vestirán la camiseta tricolor, es una hemorragia que no cesa.
A eso se suma la presencia de Germán Mesa como entrenador, una figura que para muchos encarna la lealtad a un sistema que ha expulsado a sus mejores hijos. El «chivato de la dictadura», como algunos le llaman con saña, no es el líder que concita adhesiones unánimes en un vestuario escindido entre los de dentro y los de fuera.
El calendario es un examen sin tregua: debut ante Panamá, luego Colombia, después el anfitrión Puerto Rico ante una afición volcada, y cierre contra Canadá. Para avanzar, Cuba necesita al menos dos victorias, y en ese escenario, el margen de error es el grosor de una línea de cal. La esperanza, si es que queda alguna razonable, reside en el bullpen.
En torneos cortos, donde los abridores apenas superan los 65 lanzamientos, los juegos se deciden en los innings finales. Y ahí, con Raidel Martínez como cerrojo, con Moinelo disponible para apagar incendios, Cuba tiene un arma que pocos en el grupo pueden igualar. Pero para llegar a la novena con ventaja, hay que batear. Y batear, en esta edición, es un verbo que se conjuga en condicional.
Uno mira esta plantilla y siente que no es un equipo, es un símbolo. El símbolo de un país que se vacía mientras sus dirigentes se aferran a nombres que ya fueron. Despaigne, Arruebarrena, Ramírez… jugadores inmensos en su día, pero que hoy corren como si llevaran lastre. No es su culpa, es del sistema que no supo renovarse a tiempo, que confundió lealtad con talento y veteranía con competitividad.
El Clásico no es un torneo de homenajes; es una máquina de moler sueños. Y Cuba, en este marzo de 2026, se asoma al abismo con la misma mezcla de orgullo y fragilidad que siempre. Clasificar sería un milagro; competir, una cuestión de honor. Pero el honor no gana partidos. Los ganan los que tienen hambre, piernas, juventud y, sobre todo, libertad para elegir dónde y cómo ser mejores.
Por si acaso, lo adelanto desde ahora: la escuadra cubana no va a llegar a la segunda fase. ¿Apostamos?