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El pánico del propagandista: desmontando las mentiras de Legañoa

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Cuando el vocero del régimen, Jorge Legañoa, se sube al púlpito de la televisión estatal para declarar que «todo» lo dicho en la orden ejecutiva de Trump es mentira, no emite un análisis, sino un conjuro. Es el ritual desesperado de un poder que, acorralado por la realidad, recurre al exorcismo de la palabra totalitaria: negar lo evidente, invertir los términos, pintar de blanco lo negro.

Su monserga no es más que el reflejo condicionado de una maquinaria que confunde la repetición con la verdad, y el control de los medios con el dominio de los hechos. Pero los hechos, tozudos, tienen una resistencia feroz a desaparecer bajo capas de retórica.

Es rigurosamente cierto, y la historia lo documenta con profusión de actas, que la política exterior cubana se ha alineado de forma estratégica y militante con naciones y movimientos hostiles a los Estados Unidos. Esto no es una interpretación sesgada; es la columna vertebral de su proyección internacional durante décadas.

La vieja y cínica máxima de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» encontró en La Habana su aplicación más doctrinaria. Desde los soviéticos en plena Guerra Fría hasta el chavismo bolivariano, pasando por regímenes paria en todo el globo, el castrismo ha erigido su identidad sobre la oposición frontal a Washington, intercambiando lealtad ideológica por subsidio vital.

Mentir se les da bien, desde siempre

Pretender negar que Cuba fue, durante largos años, un santuario para terroristas internacionales y criminales buscados por la justicia de medio mundo, es un insulto a la memoria de las víctimas. La isla acogió con los brazos abiertos a miembros de ETA, a guerrilleros de las FARC colombianas, y a toda una galería de fugitivos norteamericanos, desde secuestradores de aviones hasta asesinos convictos.

Estas no son «mentiras» de una orden ejecutiva; son capítulos oscuros, pero incontrovertibles, archivados en los expedientes de Interpol y en los informes de inteligencia de numerosas democracias. Legañoa no desmiente a Trump; intenta borrar a golpe de consigna páginas enteras de la historia.

Mientras se brindaba refugio a violentos foráneos, dentro de la isla se perfeccionaba el aparato de represión doméstica. La afirmación de que en Cuba se persigue, tortura y encarcela al disidente no es una calumnia; es la experiencia diaria de decenas de personas.

Los presos políticos del 11 de julio de 2021, como los maestros Jorge y Nadir Martín Perdomo, encarcelados bajo montajes judiciales y sin causa probable, son la prueba viviente, tras las rejas, de esa maquinaria de control. También artistas como Otero Alcántara y Maikel Osorbo.

El régimen que Legañoa defiende no debate con quien piensa diferente; lo silencia, lo hostiga y lo entierra en una celda. Negar esto es escupir sobre la dignidad de las familias rotas por la represión.

Por cierto, no debemos olvidar que Cuba envió a Estados Unidos a todo el que intentó oponérsele, desde el propio año 1959 y, entre col y col, limpió sus cárceles de presos comunes en más de una ocasión y también los mandó -o los exilió a la fuerza- en el país vecino.

Hay militares chinos en Cuba, no tengan dudas

Además, la huella intervencionista de Cuba en América Latina es un legado de inestabilidad y dolor. La Habana no se limitó a la «solidaridad verbal»; fue el centro logístico, el instructor militar y el apoyo financiero clave para movimientos que sembraron la muerte y el conflicto en Nicaragua, El Salvador, Bolivia, Perú y Argentina, entre otros.

Fomentar insurgencias armadas en países soberanos no es un acto de altruismo revolucionario; es una forma de exportar inestabilidad y perpetuar ciclos de violencia cuyas consecuencias aún paga la región. Legañoa llama «mentira» a lo que fue una política de Estado con un altísimo costo humano.

En el fondo, la diatriba furibunda de Legañoa no expresa convicción, sino temor. Es el miedo gutural de una nomenklatura que siente cómo se le agota el tiempo, cómo se resquebraja su relato único y cómo la presión externa se combina con un descontento interno ya imposible de ocultar.

Cada desmentido categórico y absoluto es un acto de pánico, un reconocimiento tácito de que el fin de la farsa se acerca. Su verbalismo agresivo es el estertor de un sistema que, sabiéndose moribundo, grita más fuerte para ahogar el rumor de su propio derrumbe. Para bien de todos los cubanos, ese final, anunciado por la desesperación de sus propios voceros, no puede llegar demasiado pronto.

Por cierto, hay militares chinos en Cuba, aunque no lo admitan. Como tampoco admitieron que había soldados en Venezuela hasta que el ataque de EEUU los dejó con el culo aire y no tuvieron más opciones que traer sus cenizas y hacer proaganda con ellos.

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