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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La televisora mexicana TV Azteca ha hecho lo que ningún medio cubano se atrevería. Ha documentado con imágenes y testimonios el destino real de la ayuda humanitaria enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum a Cuba.
Según la investigación, los frijoles, lentejas, garbanzos, leche en polvo y hasta el papel higiénico que debían aliviar la crisis alimentaria de la población más vulnerable han terminado en las tiendas en divisas controladas por GAESA. Este es el conglomerado militar que maneja los hilos de la economía cubana.
Una bolsa de 30 kilogramos de frijoles, que llegó como donación, se vende a 43 dólares en establecimientos. Sin embargo, el cubano medio, con un salario de apenas 12 dólares mensuales al cambio informal, no puede comprar ahí.
La respuesta del régimen no se ha hecho esperar, y es tan previsible como patética. El embajador cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, ha salido a desmentir las evidencias. Califica el reportaje de «mentira» y sugiere que los productos mexicanos que se ven en las tiendas corresponden a importaciones comerciales legítimas.
Pero la pregunta que flota en el ambiente es tan simple como letal. Si las donaciones se están distribuyendo gratuitamente a la población, como asegura el gobierno, ¿por qué razón en las provincias orientales, las más castigadas por la crisis y el reciente huracán Melissa, nadie ha visto ni un solo kilo de esos frijoles?. El silencio de los funcionarios ante esa pregunta concreta es más elocuente que cualquier discurso.
Lo que TV Azteca ha destapado no es una novedad, es un modus operandi que viene de lejos. Quien tenga memoria histórica recordará los tiempos de la Unión Soviética y el CAME. En esa época, el petróleo llegaba a la isla a precio de hermano y una parte sustancial se revendía en el mercado internacional. Nicaragua era uno de los destinos privilegiados de ese comercio triangular.

Era la época en que la «solidaridad internacionalista» se pagaba con crudo subsidiado. Ese crudo luego se convertía en divisas contantes y sonantes para las arcas del régimen. La misma lógica, el mismo mecanismo: lo que llega como ayuda, se revende como negocio.
Más tarde, con la llegada del chavismo, la historia se repitió con otros actores pero idéntico guion. Venezuela vendía a Cuba el petróleo a precios ridículos, a veces a 19 dólares el barril. Mientras tanto, los Castro lo revendían a precio de mercado internacional en otras latitudes, embolsándose la diferencia. Así mantenían a flote un modelo económico que sin esas transfusiones no habría sobrevivido ni un lustro.
La solidaridad de los pueblos se convertía en liquidez para la nomenklatura. Al mismo tiempo, las colas del pan se alargaban en La Habana y los apagones empezaban a anunciar la debacle que hoy vivimos.
Ahora, con México en el papel de proveedor solidario, el guion no ha cambiado. La presidenta Sheinbaum envía barcos con alimentos pensando en los niños desnutridos y los ancianos desamparados. Sin embargo, el régimen castrista los desvía hacia las tiendas militares, donde se venden en dólares a los que pueden pagarlos.
El «frijol del bienestar» mexicano se convierte en mercancía de lujo en los estantes de TRD Caribe. Mientras tanto, los testimonios recogidos por TV Azteca resumen el sentir popular con una frase que debería avergonzar a cualquier gobernante: «Aquí no ha llegado nada, todo está igual».
La pregunta final es inevitable: ¿cuánto tiempo más seguirán los gobiernos del mundo enviando ayuda humanitaria a Cuba sin exigir mecanismos de control que garanticen que llegue a quienes la necesitan? Porque la historia, con sus capítulos soviético, venezolano y ahora mexicano, demuestra que el régimen ha perfeccionado el arte de convertir la caridad internacional en negocio propio.
Mientras tanto, los frijoles siguen en las tiendas, el pueblo sigue esperando, y GAESA, como siempre, sigue ganando.