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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Un reciente motín en la cárcel de Canaleta vuelve a poner sobre la mesa una realidad que durante años se ha querido ocultar. Es el estado de precariedad extrema en que sobreviven los reclusos en Cuba.

Según denunció la organización Prisoners Defenders a la agencia EFE, la protesta estalló tras la muerte por hambre de varios internos y por el maltrato sistemático de los carceleros. Este maltrato, según los testimonios, se ha vuelto insoportable.

Cuesta incluso imaginar las condiciones que están padeciendo esos hombres. Si ya los presos de Cuba”, la prisión más grande, tienen enormes dificultades para alimentarse, la pregunta cae por su propio peso. ¿Qué estará ocurriendo en las cárceles pequeñas que se multiplican por todo el país, lejos de cualquier mirada pública?

Hay un elemento de este motín que llama particularmente la atención. Los reclusos lograron comunicarse con el exterior e incluso grabaron la represión de los guardias. Estos guardias habrían respondido con gases lacrimógenos y balas de goma. Para quienes vivimos épocas anteriores de cautiverio, esto resulta casi impensable. Además, hubo tiempos en que ni soñar con un teléfono era posible; a los presos se les retiraba hasta los cordones de los zapatos como medida de control.

La crueldad del sistema

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo es que ahora circulan teléfonos dentro de las prisiones? La corrupción debe ser la responsable de que los reos posean teléfonos celulares. Un privilegio como ese dentro de una prisión castrista debe ser muy caro.

Sobre la cárcel de Canaleta en particular, informes recientes de comités de derechos humanos han señalado problemas graves y persistentes. Esos problemas incluyen hacinamiento, insalubridad, alimentación insuficiente y de mala calidad, atención médica precaria, redes de corrupción dentro de los penales y el uso de la represión contra presos por motivos políticos. Es un patrón que se repite y que no parece accidental.

Quienes pasamos por el sistema penitenciario cubano sabemos que el miedo también forma parte del castigo. En el Combinado del Este, enclavado en un valle al este de La Habana, existe una represa cercana. En más de una ocasión se nos dijo que, ante una supuesta agresión militar estadounidense, nosotros seríamos los primeros en morir ahogados. Ese nivel de terror psicológico ilustra hasta qué punto puede llegar la crueldad del sistema.

Lo ocurrido en Canaleta no es un hecho aislado: es una señal de alarma. Cuando en una prisión hay hambre, muerte y desesperación, el motín no es la causa del problema, es la consecuencia.

La pregunta que queda en el aire es simple y dura: ¿cuántas cárceles más estarán viviendo esta misma tragedia en silencio?

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