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Por Max Astudillo ()
La Habana.- ¿Por qué el castrismo le teme al cambio? La pregunta parece ingenua, casi infantil, pero encierra la respuesta más obvia y, a la vez, más aterradora para la dictadura. No temen perder el poder por razones ideológicas, ni por nostalgia del socialismo, ni por lealtad a la memoria del Comandante. Tienen miedo por una razón mucho más simple y mucho más humana: saben que cuando caigan, la justicia les caerá encima como una losa. Y no habrá perdón. No habrá olvido. Porque el pueblo cubano tiene memoria, y la memoria, cuando se despierta, no se vuelve a dormir.
El abandono del poder significará para muchos de ellos persecución, cárcel y la pérdida de todos los bienes acumulados durante décadas de saqueo. Pero para los principales culpables, para los que tienen las manos manchadas de sangre, el precio será aún más alto. Pagarán con la vida. Y lo saben. Por eso se aferran al poder como los condenados a muerte se aferran a la última esperanza de un indulto que nunca llegará. Por eso resisten y reprimen. Y por eso matan. Porque en su mente, la única alternativa a la tiranía es el ajuste de cuentas.
Raúl Castro, el anciano de 94 años que aún controla los hilos desde su casa, tiene una lista de crímenes que lo perseguirán hasta el último de sus días. La Loma de San Juan, en enero de 1959, cuando a horas del triunfo contra Batista ordenó ejecuciones que marcaron el inicio de un régimen de terror. El derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996, donde cuatro pilotos civiles fueron asesinados en espacio aéreo internacional. La masacre del remolcador 13 de Marzo en 1994, cuando 41 personas, entre ellas niños, murieron ahogadas en el estrecho de la Florida mientras el gobierno celebraba la «defensa de la soberanía». Esa es la historia que los Castro quisieran borrar. Pero la historia no se borra. La historia espera.
Y no es solo Raúl. Hay decenas, cientos en la cúpula que saben que si son juzgados no volverán a ver la luz del sol. Saben muy bien cómo se vive en las cárceles cubanas, porque ellos las diseñaron. Conocen el aislamiento, la tortura psicológica, el hambre, la falta de atención médica. Saben que si algún día cambian las tornas, ellos ocuparán esas mismas celdas. Y ese conocimiento, esa certeza, los paraliza. Los vuelve más feroces, más despiadados. Porque el miedo a la justicia es el motor más potente de la tiranía.
La historia del siglo XX está llena de ejemplos de líderes que creyeron que jamás pagarían por sus crímenes. Augusto Pinochet murió sin condena, sí, pero pasó sus últimos años bajo arresto domiciliario, humillado, viendo cómo sus colaboradores caían uno tras otro . Los militares argentinos de la Junta fueron juzgados y condenados a prisión perpetua. En Guatemala, Efraín Ríos Montt fue condenado a 80 años por genocidio. En Bolivia, Luis García Meza, el narcodictador, murió en prisión. Y en Uruguay, Gregorio Álvarez cumplió condena hasta su muerte. Todos ellos, como los Castro, creyeron que el poder los protegería. Todos ellos se equivocaron.
Hay un patrón que se repite en todas las dictaduras: el miedo al día después. Los jerarcas castristas saben que no habrá para ellos un exilio dorado como el de Somoza, ni una jubilación tranquila como la de otros dictadores que negociaron su salida. Porque sus crímenes son demasiado grandes, demasiado visibles, demasiado recientes.
Las madres de los pilotos de Hermanos al Rescate siguen esperando justicia. Las familias de los 41 ahogados del 13 de Marzo siguen esperando una respuesta. Los jóvenes del 11 de julio, condenados a decenas de años, siguen en las cárceles. Esa deuda no se paga con exilio. Se paga con justicia.
Por eso resisten. Por eso se aferran al poder como si de él dependiera su vida. Porque, en efecto, de él depende. El cambio no es una opción para ellos porque el cambio significa el fin. Y no un fin metafórico, sino real, concreto, físico. Significa enfrentarse a jueces, a tribunales, a fiscales. Significa rendir cuentas por 67 años de crímenes.
Y eso, para un cobarde que ha vivido siempre a la sombra del poder, es la peor de las muertes. Peor que la horca. Peor que el paredón. Porque es una muerte lenta, con nombre y apellido, con fecha y lugar. Es la muerte que ellos mismos han fabricado para los otros y que ahora, como una maldición bíblica, regresa para reclamar su deuda.