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Durante siglos, en el sur de Italia existió una creencia que muchos consideraban tan real como cualquier enfermedad. Se decía que una mirada podía enfermar a una persona.
En Calabria y en otras regiones de la antigua Magna Grecia, esta idea se conocía como el mal de ojo, una fuerza invisible que podía surgir de la envidia, del deseo o incluso de una admiración excesiva.
Cuando alguien comenzaba a sentirse extraño sin una causa clara, algunos pensaban que había sido víctima de ese mal.
Cansancio repentino. Dolores de cabeza. Ansiedad o debilidad sin explicación. Entonces acudían a una figura muy concreta. No a un médico. A la abuela. A una madrina. O a una mujer del pueblo que conociera el antiguo ritual del encantamiento.
El rito podía realizarse en cualquier lugar, dentro de una casa o al aire libre. Lo único realmente importante era el silencio y la concentración.
La curandera se colocaba frente a la persona afectada, hacía la señal de la cruz y con el pulgar dibujaba tres pequeñas cruces sobre la frente del enfermo.
Después comenzaban las oraciones. Pero no eran oraciones comunes. Eran fórmulas transmitidas en secreto, aprendidas de generación en generación y nunca escritas en ningún libro.
Durante el ritual podía ocurrir algo curioso. Si la mujer que realizaba el encantamiento bostezaba mientras recitaba el Ave María, se interpretaba que el mal provenía de una figura femenina. Si el bostezo aparecía durante el Padre Nuestro, se pensaba que el origen era masculino.
Para quienes practicaban este rito, aquel gesto era una señal. Una pista sobre quién había lanzado el mal. Pero el verdadero misterio estaba en cómo se transmitía ese conocimiento. Las curanderas casi nunca explicaban el ritual completo.
Cada una tenía su propia fórmula. Y según la tradición, solo podían enseñarlo a tres personas a lo largo de su vida. Además, el momento para hacerlo era muy específico. La medianoche de Nochebuena.
Hoy muchos consideran estas prácticas simples supersticiones del pasado. Sin embargo, durante generaciones formaron parte de la vida cotidiana de muchos pueblos del Mediterráneo, donde lo espiritual, lo cultural y lo mágico convivían sin fronteras claras.
La historia demuestra que cada sociedad crea sus propias formas de explicar aquello que no puede comprender del todo.
Si hubieras vivido en uno de esos pueblos hace cien años y alguien cercano comenzara a sentirse enfermo sin explicación…
¿habrías acudido a la curandera del lugar… o habrías desconfiado de ese antiguo ritual?