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Por Sergio Barbán Cardero ()
Una historia de la tradición oral de las montañas de Oriente. Un homenaje a mi abuelo Nino y a su amigo haitiano Tanganica.
Miami.- En las montañas húmedas del oriente de Cuba, donde la tierra roja se pega a los zapatos y el maíz crece alto como lanzas verdes, había una vega inclinada que miraba hacia el valle.
Desde lejos se distinguía algo extraño.
En medio del maizal descansaba una piedra gigantesca, tan grande como una casa campesina. Nadie sabía con certeza cuándo había llegado allí. Los viejos decían que, mucho tiempo atrás, formó parte de las crestas rocosas de la montaña y que un día se desprendió y rodó ladera abajo hasta quedar detenida en el centro de la vega.
Pero aquella piedra tenía una rareza. En su parte inferior sobresalía una especie de visera de roca gruesa, como si la naturaleza hubiera tallado un balcón natural. Debajo de ese saliente había espacio suficiente para refugiarse del sol fuerte del mediodía o de los aguaceros repentinos de la montaña.
Por eso los hombres que trabajaban en el maizal usaban aquel lugar para descansar. Muchos de ellos eran haitianos que venían cada temporada a la cosecha. Allí conversaban mezclando creole con español, guardaban un poco de leña seca y, cuando el trabajo aflojaba, encendían un pequeño fuego para asar mazorcas de maíz. El olor del maíz tostándose se mezclaba con el de la tierra caliente y el viento que bajaba de la sierra.
Pero una tarde de verano el cielo cambió de humor. Primero llegaron las nubes oscuras desde las crestas. Luego el viento dobló las hojas del maíz como si alguien pasara la mano por un campo de banderas verdes. Y finalmente cayó la tormenta.
Llovía con furia. Los hombres corrieron entre los surcos y se refugiaron, como tantas otras veces, debajo del balcón de piedra. Encendieron la leña y pusieron algunas mazorcas sobre las brasas. El maíz comenzó a chisporrotear mientras la lluvia golpeaba la montaña y los truenos rodaban por los picos. Pero aquella tarde la lluvia no era como las otras.
El agua bajaba por la ladera con una fuerza que parecía querer arrancar la montaña de su lugar. Se filtró entre las grietas de la roca, empapó la tierra y fue debilitando lentamente aquella enorme piedra. Nadie lo notó. Los hombres reían, hablaban y giraban las mazorcas sobre el fuego.
Entonces ocurrió. Primero se escuchó un crujido profundo, como si la montaña respirara. Luego la visera de roca comenzó a ceder. Y antes de que nadie pudiera reaccionar, el balcón de piedra se desplomó con un estruendo que hizo temblar toda la ladera.
Cuando la tormenta pasó y el maizal volvió al silencio, el fuego estaba apagado, las mazorcas esparcidas entre el barro… y los hombres habían quedado sepultados bajo los escombros de la piedra. Ninguno sobrevivió.
Dicen los viejos que, desde entonces, cuando alguien es sorprendido por algo inesperado, en los campos de Cuba se repite una frase antigua:
—A ese lo cogieron asando maíz.
Porque hay momentos en que uno cree estar tranquilo, resguardado bajo una piedra segura… y de pronto la vida se desploma sin aviso.
Nota: Este relato es una recreación de una historia que escuché siendo niño en la finca de mi abuelo Nino, en las montañas del oriente de Cuba. La historia me la contó un haitiano llamado Tanganica, amigo de mi abuelo y trabajador de la finca. Los haitianos tenían el don de contar historias y fábulas que nacían del campo y de la imaginación. Yo disfrutaba escucharlos durante horas.
No sé si lo que Tanganica me narró fue un hecho real o una de esas fábulas que nacen en la tradición oral de los campesinos. Pero lo cierto es que la piedra de la historia existe todavía, y permanece en aquella ladera de montaña que una vez formó parte de las tierras de mi abuelo Nino Cardero.