Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Creo que fue en el documental Fahrenheit 9/11 donde Maikel Moor esperó a algunos senadores norteamericanos para preguntarles si tenían algún hijo en la guerra de Afganistán.

Claro, como buen documentalista, primero los dejaba hablar de patriotismo, de terrorismo, de seguridad nacional, de tácticas y estrategias, pero apenas preguntaba «¿Senador, usted tiene algún hijo combatiendo en Afganistán?», los sujetos sonreían irónicamente -como el que piensa «ya te estás metiendo pa lo hondo»- y se marchaban sin responderle la pregunta.

Después se dió cuenta de que alguien había llamado a otros senadores para ponerlos al tanto de que un gordo con una gorrita aplastada y que lucía rostro de inocente, estaba afuera esperándolos para investigar cosas muy incómodas, cosas de matices abiertamente antidemocráticos.

Pues, bueno, unos se fueron por la puerta trasera de servicio y otros le pasaron por el lado sin ni siquiera mirarlo. Igual bastaba que no quisieran responderle para saber que los hijos de los senadores eran alérgicos a la arena del desierto.

Pero no solo ocurrió, ocurre y ocurrirá en Norteamerica. La diferencia es que allí, aunque no te respondan -no responder es también una forma de respuesta- no te meten preso. Puede que se te cierren puertas, que no te vaya todo lo bien que deseas, pero no te meten preso.

Europa y los hijos de los poderosos

Lo cierto es que los hijos que tienen padres poderosos -lo padres poderosos de cualquier país- le hacen alergia a la arena, a la selva, a la nieve, a la llovizna, al lodo. Solo pueden estar, ¡miren qué cosa!, cerca de la arena si es arena de playa. Se permiten el riesgo de un viaje por la selva si hay Toyota, Whisky y seis o siete guías turísticos de por medio.

La nieve de Madrid, por ejemplo, les encanta, les cura el asma, los convierte en más patriotas. ¡Y nada como un lloviznazo en Barcelona! Una humedad de noventa días al año que se cura en una tarde bebiendo Chardonnay con los pies cerca del fuego. ¿Y el lodo? Solo si es medicinal, el que limpia los poros y deja en la piel ese matiz de carne nueva que poseen los que se sientan a la mesa para decidir qué hijos de otros van a morir en una guerra.

La verdad, familia, es que hasta para ganarse el terrible y tristísimo derecho de mandar a morir a un hombre que no es tu hijo, un hombre que va a recibir tus balas, tu hambre, tu frío y tu miedo, debías, primero, haberlo dejado vivir. Y cuando digo, dejarlo vivir, es dejarlo vivir todas las garantías, derechos y beneficios que otros, ya muertos, dejaron para nosotros. ¿Por qué si me impediste vivir, ahora debo morir?

No les aconsejo que, ni por curiosidad, se les ocurra preguntar qué hijo de qué poderoso se irá para Europa si algún día nos tiran un misil. Aquí sí te meten preso. Aunque, bueno, ya casi todos los hijos de poderosos está viviendo en Europa. ¡Miren qué cosas!

Un abrazo, familia. Me despido como en La guerra de las Galaxias: «La fuerza está contigo».

Deja un comentario