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El hambre antropológico: 67 años de vacío en el estómago y la memoria

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Por Jorge Sotero ()

La habana.- Hay hambres que matan de golpe y hambres que matan despacio, por acumulación, por costumbre, por olvido de lo que es no tener hambre. La de los cubanos es de esas segundas: una inanición lenta, silenciosa, que lleva 67 años instalada en el organismo y en la memoria colectiva.

No es solo la falta de proteínas, de grasas, de vitaminas. Es la ausencia de lo elemental, lo que en cualquier otro lugar del continente se da por supuesto. Es el pan de cada día, la leche para los niños, la fruta en la mesa. En Cuba, generaciones enteras han crecido sin saber lo que es un cítrico recién partido. Además, muchos han crecido sin haber probado un yogurt que no sea una quimera. Tampoco han entendido por qué sus padres hacieron colas interminables por un cartón de leche que quizá nunca llegue, solo para los que tienen hasta siete años.

Los ancianos pasan un hambre atroz en Cuba

Esta carencia no es solo física, es cultural, es antropológica. Cuando un niño cubano ve una naranja en un libro de texto, la contempla como un objeto casi mitológico. Es como si perteneciera a un mundo del que él no forma parte.

Los frutos secos —esas pequeñas cápsulas de energía que en cualquier parte del mundo se compran en cualquier esquina— son aquí una entelequia. En Cuba, son un producto del que apenas se tiene noticia oral. Además, se parecen a las historias de tesoros enterrados.

El maní, cuando aparece, es un acontecimiento, una fiesta efímera que se celebra con la urgencia de quien no sabe cuándo volverá a repetirse. Lo demás, nueces, almendras, avellanas, son solo palabras en canciones o películas, referencias a una vida que transcurre en otra galaxia.

Muchos cubanos buscan comida en la basura cada día

Un cubano en un bufet

Pero donde este hambre estructural se vuelve espectáculo, donde adquiere su dimensión más trágica y a la vez más cómica, es en los hoteles. En esos oasis de abundancia reservados al turismo, cuando un cubano de a pie logra traspasar la frontera —ya sea como trabajador, como invitado de un familiar que vive fuera o en esas raras ocasiones en que el régimen permite el «turismo nacional»—, ocurre algo que los administradores hoteleros conocen bien y temen en silencio. Allí, se produce el despliegue de una capacidad de ingesta que desafía cualquier estadística nutricional.

Un cubano frente a un bufet libre no es un comensal, es un ejército en misión de reconocimiento. No come, sino que acumula, prevé, almacena para el futuro incierto. Llena platos con la destreza de quien ha pasado años calculando raciones. Además, devora con la velocidad de quien sabe que esta oportunidad puede no repetirse.

Los abultados vientres de los que dirigen niegan el hambre

He visto a compatriotas engullir por seis turistas alemanes juntos, con una eficiencia metabólica que dejaría perplejo a cualquier nutricionista. El cuerpo, acostumbrado a sobrevivir con migajas, parece activar un protocolo de emergencia cuando detecta abundancia. Entonces, hay que aprovechar, hay que guardar reservas, porque mañana, seguro, volverá el vacío.

La mesura, entre la abundancia y la carencia

Lo paradójico —y aquí la naturaleza humana se revela en toda su complejidad— es que después de esas hazañas gastronómicas, el mismo cuerpo que ha almacenado como un camello suele pasar factura. Horas después, mientras el turista extranjero disfruta de una siesta plácida o de un cóctel junto a la piscina, el cubano permanece confinado en el baño de su habitación, pagando el precio de su desesperado abrazo a la abundancia. Es una metáfora perfecta de nuestra historia: comemos como si no hubiera un mañana, y luego sufrimos las consecuencias de ese exceso en soledad, entre cuatro paredes, lejos de las miradas ajenas.

Los frutos secos se venden en todos los países del mundo, menos en Cuba

Este comportamiento no es glotonería, no es falta de educación, no es «vulgaridad», como algunos comentaristas apresurados podrían pensar. Es la expresión física de una herida histórica. La memoria del estómago que no olvida los años de vacío, las décadas de racionamiento, los meses sin probar carne, los días sin pan. Es el cuerpo que, cuando finalmente tiene enfrente la posibilidad de saciarse, no sabe hacerlo con mesura porque nunca aprendió. Porque la mesura se enseña con el ejemplo de la abundancia, no con la lección de la carencia.

Y mientras tanto, en sus casas, en sus barrios, en sus vidas cotidianas, los cubanos siguen soñando con comida. Sueñan con naranjas que nunca vieron, con nueces que sólo existen en fotos, con yogures que desaparecieron de las tiendas hace tanto tiempo que ya nadie recuerda su sabor. Ese hambre antropológica, esa carencia grabada en el ADN colectivo, es quizá el legado más perdurable de 67 años de castrismo. En definitiva, es un pueblo que come como si cada bocado fuera el último, porque en el fondo sabe que puede serlo.

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