Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Yeison Derulo
La Habana.- En Cuba uno amanece con cada noticia que parece sacada de un guion de realismo mágico. Ahora resulta que el futuro del país podría depender de un “cangrejo”, como muchos llaman a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, que estaría en conversaciones con Marco Rubio. Si no fuera porque estamos hablando del destino de millones de personas, daría hasta risa. Pero no, esto es demasiado serio para tomarlo a la ligera.
Durante más de seis décadas, la familia Castro ha controlado cada resorte del poder en la isla. Desde Fidel Castro hasta su hermano Raúl, el país ha funcionado como una finca privada donde las decisiones estratégicas no pasan por el voto popular, sino por la sangre. Y ahora, en medio de la peor crisis económica, migratoria y social que recuerde la República, aparece en el tablero una figura joven del mismo linaje, tanteando puentes con uno de los políticos cubanoamericanos más influyentes en Washington.
¿Qué significa que alguien del entorno familiar del poder esté conversando con Marco Rubio? En primer lugar, que algo se está moviendo. Si el sistema estuviera sólido, si la economía caminara y el pueblo estuviera satisfecho, no harían falta interlocutores discretos ni guiños tras bambalinas. Cuando los herederos del poder buscan diálogo con quienes han sido críticos históricos del régimen, es porque las estructuras crujen más de lo que aparentan.
Pero cuidado. En Cuba hemos visto demasiadas maniobras para ganar tiempo. No sería la primera vez que desde La Habana se envían emisarios, se ensayan aperturas o se filtran contactos para aliviar presiones externas sin tocar lo esencial: el monopolio político. La verdadera cuestión no es si un nieto conversa con un senador, sino si esas conversaciones implican reformas reales o solo un reacomodo para que todo siga, en esencia, igual.
El futuro de Cuba no debería depender de un apellido ni de pactos entre élites. Debería depender de elecciones libres, de instituciones fuertes y de ciudadanos con derechos plenos. Si el destino nacional termina atado a lo que negocie un “cangrejo” con Marco Rubio, entonces confirmaremos lo que muchos sospechan: que el problema de fondo no es quién hereda el poder, sino que el poder siga siendo hereditario.