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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Lo que ocurrió en la madrugada del sábado en Morón no fue un simple disturbio, ni un arrebato de unos pocos descontentos. Fue un aldabonazo en la puerta de hierro de una dictadura que se creía eterna. Por primera vez en décadas, la sede del Partido Comunista, ese templo intocable del poder único, ardió en llamas alimentadas por sus propios muebles, arrojados desde las ventanas por una multitud que coreaba «¡Libertad!» y «¡Abajo la dictadura!».
Y mientras las llamas iluminaban la noche avileña, en La Habana, la cúpula castrista se cagaba en los pantalones. No es para menos: el símbolo estaba devastado y el mensaje, claro. El fuego se ha convertido en un arma política de primera magnitud, y ellos lo saben.
El régimen está acobardado, y con razón. Sabe que le pueden golpear por cualquier lugar, en cualquier momento. Morón no es La Habana, no es el centro del poder mediático; es un municipio del centro de la isla, de unos 70,000 habitantes, donde la desesperación ha llegado a un punto de ebullición imposible de contener.
La gente allí lleva días, semanas, meses, soportando apagones de hasta 20 horas, sin comida, sin medicinas, sin combustible. Y cuando un pueblo lo ha perdido todo, deja de tener miedo. Esa noche, los vecinos del barrio El Vaquerito marcharon con cacerolas y linternas de móviles, caminaron hasta la comisaría y luego hasta la sede del Partido, y allí, sencillamente, la tomaron.
Las consecuencias de esta rebelión popular no se han hecho esperar. Anoche, La Habana amaneció militarizada. Cientos de vehículos con efectivos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias patrullaban las calles con un nerviosismo impropio de quienes dicen controlar la situación.
En todas las provincias, las sedes del Partido Comunista amanecieron con la guardia reforjada, protegidas por militantes normales, los que cuidan el sueño a los dirigentes, ante el temor de un efecto dominó.
En las unidades de policía, por su parte, se presentaron oficiales que estaban libres a cumplir el orden con una desgano que delata el descontento en sus propias filas. Nadie quiere ser el fusible de una explosión social que ya no tiene marcha atrás.
Y si la tropa regular flaquea, la dictadura ha tenido que echar mano de sus fuerzas de choque. Las temidas Boinas Negras, esas unidades de élite que suelen reservarse para lo peor, han sido movilizadas y desplegadas en puntos estratégicos de la capital y otras ciudades. Las unidades militares permanecen en estado de alarma, con la tropa acuartelada y los mandos en vilo.
Pero el verdadero termómetro del pánico en la cúpula se mide en las oficinas de seguridad del Estado y en el Palacio de la Revolución: allí, el insomnio y la diarrea se han convertido en la dieta habitual de los jerarcas, que no encuentran cómo devolver la tranquilidad a una población sometida, abusada y manipulada durante demasiado tiempo.
Mientras los generales se desesperan, el régimen ha activado también su ejército de sombras: los ‘ciberclarias’. A estos soldados del teclado, encargados de sembrar la confusión y el miedo en las redes sociales, les han prometido hasta un 50% más de salario por trabajar horas extras para contrarrestar las imágenes de la realidad.
Pero ni con doble sueldo pueden borrar los videos del joven herido de bala que los agentes del orden intentaron camuflar como un «ebrio que se cayó». La mentira ya no les funciona. La gente de Morón no solo incendió un edificio; incendió la credibilidad de un sistema que se desmorona. Y esta vez, el fuego no se apaga con discursos.