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Por Yoel Arias Hernández ()
La Habana.- Los gustos van cambiando con la edad. Unos más pronto, otros se las dan de duros y demoran, pero terminan cediendo terreno. De niño no soportaba el frijol negro; creo que nunca lo había probado antes. El día que lo hice, repetí.
El queso olía fuerte y el sabor no me atraía mucho, por eso no era un ingrediente de mi preferencia. Increíblemente, en el sitio más insospechado, comencé a comer queso e incorporarlo de ahí en adelante. Estaba en Angola; los miércoles era almuerzo italiano. El hambre es mala consejera.
Como último ejemplo está la menta. Creo que la versión alcohólica fue la primera que dejé entrar. Ni pastillitas, ni caramelos, ni helado; nada con menta me cuadraba. Un super catarro me llevó al eucalipto y de ahí para allá, loma abajo sin frenos. Mentaplus, primero flojito, y así hasta el más fuerte, hasta un fatídico día. Desgraciadamente, sin aviso, me golpeó la confirmación: Mentaplus había dejado el edificio. No more Mentaplus, tutto finito. Allí entran los Freegells.
Cerca de donde trabajo sabía que vendían estos caramelitos mentolados. Tenía afectada la garganta y decidí comprarlos. 100 CUP era el precio allí. Otro día le doy el encargo a un colega de que me los compre y le doy las señas del lugar, pero al regresar me confiesa que los compró en otro establecimiento a 85 CUP. ¡Qué bueno, una rebaja!
Todo bien hasta un día en que estaba de franco y, por la zona, voy a un local que me quedaba de camino sin desviarme hacia el que más barato lo tenía. Llego y miro la vidriera y, con ese mismo impulso, aborto la misión: ¡120 CUP! Me digo que el dólar está subiendo para darme autoterapia. En eso estaba cuando ya casi estoy frente al local que lo vendía a 85.
Como era mi primera vez en el local, me dedico a revisar las ofertas y los precios. Agradable sorpresa ver que los Freegells no eran los únicos con los precios a temperaturas menores que en otros lugares; todo, o casi todo, tenía precios más baratos.
Si fuese a ubicar los tres expendios en un mapa, estos crearían una línea recta. En el inicio estaría el Freegell a 100 CUP, en el centro a 85 CUP y al final, 120 CUP. Este trazado geométrico-contable no sería raro si se tratase de tres puntos lejanos en una línea recta, por ejemplo: L y 23, Sylvain de 23 y D, y al final La Pelota en 23 y 12. Distancia total, 2 kilómetros y pico. Hay diferencias en lo que llamamos zonas comerciales activas y otras de escaso movimiento de público; eso haría que los precios se moviesen según el mercado. La oferta y la demanda haciendo lo que mejor se les da. Hasta ahí todo bien.
El extraño caso del Freegell volátil no tiene nada que ver con eso. La causa es más mundana. Se podría decir que una economía en crisis pone en crisis a las instituciones y al final caen en crisis los valores, y no estoy hablando de Wall Street, me refiero a los de carácter moral. Al parecer, la corrupción tiene la culpa.
Lo siento, no he dejado clara la parte más importante de este curioso caso. La mencionada línea recta cubre la ridícula distancia de 100 metros: un local en la esquina, el otro a pocas puertas del primero y el último un poco más allá de la siguiente esquina, escasos 100 metros. La premisa de que el origen del producto pudiera justificar el aumento o rebaja de precio… pero cuando entré al local me di cuenta de que no era esa, precisamente, la cuestión.
Los precios tenían, invariablemente, una característica común. Unas terminaciones que a mí se me antojaron ridículas: 123, 87, 32, 64, y juraría que había dos productos que traían un «,50» en la etiqueta. Me dije: «He llegado al local con los vendedores más justos del planeta».
El comentario comparativo del precio del mismo producto a 50 metros a la redonda detonó una larga conversación (que no tenía prevista), donde los dueños, un matrimonio, creo recordar, narraron su vía crucis. La causa más lógica que mencioné fue el MERCADO, pero como acá todo se basa en el realismo mágico de Gabo y la metatranca de Kafka, pues no, no era el mercado. La muy mundana causa es la presión de los inspectores y la digna posición de los cuentapropistas de no dejarse chantajear. Les bastó una multa y todo cambió.
Los productos tienen puesto el precio que, según su calculadora, es el que es, luego de aplicarles el 30%, lo indicado. Una actitud digna, pero que me llevó a hacer más preguntas y confirmar que lo que sucede a media cuadra de distancia, en ambas direcciones, es producto de la falta de control de los encargados de implementarlo, con la supuesta motivación de sobornos. Los TCP de mi historia sudan copiosamente cada vez que tienen inspección, pero solo ese es el precio a pagar; nunca han tenido que comprarle el silencio a ningún funcionario.
Curioso precio y curioso el caso de estos trabajadores por cuenta propia.
Recuerdo con claridad los aumentos de precios que han sucedido en los 50 y pico que tengo de vida. Por suerte, mi niñez fue posterior a 1968 y la Ofensiva Revolucionaria; los precios se mantuvieron estables hasta el Periodo Especial. Lo digo por aquella frase «hasta donde tengo uso de razón», y uno se aventura a asegurar algo tan atrás como 4 años de edad.
No es el caso; en cuestiones de precios no estuve muy informado hasta un día que fui a comprar hojuelas de maíz, muy rico para desayunar, a la bodega de la esquina. Yo venía del colegio y quise hacerme el «niño grande». Yo veía pagar el paquete con 2 monedas y asumí que costaba 10 centavos, y eso le extendí a Frank, el bodeguero. Miró los dos «medios» y me dijo: «No, mi niño, vale 25 centavos, te faltan 15». Desde ese día le presto atención al tema.
Vi subir de 5 centavos a 20 y luego a 40, el transporte público. Vi la tortica o polvorón y el masarreal de 5 centavos a 1 CUP. Y creí que era caro. Luego todo subió y subió. Lo que sí recuerdo es que el Estado, que todo lo controlaba —no había otra forma de gestión en aquel momento—, implementó medidas en la conformación de los precios.
Por ejemplo, con la dificultad del vuelto, un problema muy llevado y traído en su tiempo, se decidió redondear los precios; unas veces ganaba el consumidor y otras el Estado. Si el precio oficial se pasaba de 50 centavos, pues se redondeaba al peso siguiente; pero si no llegaba a los 50 centavos, se rebajaba al peso inferior.
Ahora, existiendo todo este PROBLEMA de la bancarización y la batalla por el efectivo, o su ausencia según se mire, perfectamente se pudiera permitir que esos precios no redondos, o incluso con centavos, fuesen aproximados hacia adelante o hacia atrás. Eso debiera ser una medida oportuna.
No estoy hablando de decenas de CUP de diferencia entre el precio que debe ser y el que cobran en realidad, y que debieran ser objeto de la más encarnizada batalla de los inspectores por el control en sus inspecciones. No, hablo de una cifra ajustable en el rango del billete de 5 CUP, donde eso sea posible. Dejar mucho margen de maniobra a ambos lados es peligroso, porque la experiencia dice que uno u otro bando puede abusar de su poder discrecional para tomar decisiones.
En este mundo tan turbulento de las medidas para con las formas de gestión no estatales —¿qué necesidad de complicarlo todo? Si con decir PRIVADO se resuelve—, con tantos palantes y patrases, donde se afloja y se ahorca de un día para el otro, aún falta mucho por ver mientras no se liberen las fuerzas productivas a su total capacidad y se les encomiende el florecimiento y elevación del nivel de vida de la nación. Hasta ese día, seguiremos viendo historias como estas.
Al final, el Freegell no costaba 85, sino 88 CUP. Le tendí la mano con 90 y le advertí que no me fuese a dar los 2 CUP de vuelto; tenía que comulgar con el ejemplo. No he vuelto por allí; puede que lo haga para comentarles un artículo que alguien, uno ahí, escribió sobre el extraño caso del Freegell barato.