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El éxito es siempre y en todos los casos algo distinto al fracaso

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Por René Fidel González ()

Santiago de Cuba.- Un éxito, en Cuba, sería – al menos uno – garantizar la producción y el consumo de energía eléctrica que es preciso para el desarrollo de nuestra sociedad y la felicidad de los cubanos; un fracaso -al menos otro- que millones de conciudadanos -nuestros hermanos, padres, hijos, abuelos, los amigos y amores, parte de ese todo plural, distinto y maravilloso que era parte del mapa de nuestras historias de vida, goces y dolores- , hayan salido hasta hoy de Cuba, en un manar interminable, silencioso y terrible, que continúa.

A veces, es cierto, es difícil entender al éxito y al fracaso, incluso cuando creemos no ser responsables o somos indiferentes al destino de otros.

En Cuba, quizás algunos puedan creer que restar a otros tres cubanos -un hombre demacrado e invicto, un niño herido y dañado, una mujer impotente- de las 9,748,007 personas que oficialmente habitan el país, sea algún tipo de éxito, e incluso, uno larga y profesionalmente buscado; pero es realmente un fracaso, el fragmento -uno entre muchos- del mosaico de un enorme fracaso.

Es preciso no equivocarse. Ese fracaso no es nuestro éxito. De hecho, su significado pretende ser -y absolutamente- nuestra derrota.

A pesar de esto, en política es posible reconocer un momento crepuscular en que todo lo que es preciso entender sobre el éxito y el fracaso se descubre por un instante para luego, casi de inmediato, volverse elusivo.

Ese momento es aquel en que unos no dejan de fracasar y otros aún no empiezan a tener éxito.

Necesitamos empezar a tener éxito. En política el significado de hacer esto último no es triunfar, es no tener que creer que el éxito es derrotar al otro.

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