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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Querido Pastor Batista Valdés, le escribo estas líneas no desde el odio, sino desde el asombro. Le confieso que al leer su artículo en el Granma del pasado 15 de febrero, titulado con esa pregunta retórica de «¿Fallido quién?», no pude evitar una sonrisa agridulce. Usted, con la prosa encendida que caracteriza a los defensores de lo indefendible, ha conseguido lo que parecía imposible: escribir sobre la realidad cubana sin nombrarla, como quien pinta un paisaje usando solo los colores que le dicta el partido.

Permítame, con el respeto que merece todo trabajador de la prensa —aunque sea de la oficialista—, intentar responderle con datos, con hechos, con la vida cotidiana de esos cubanos que usted dice representar pero que, me temo, no frecuenta.

Usted habla de «dificultades creadas y recreadas por sucesivas administraciones norteamericanas». Y yo le pregunto, Pastor: ¿fue el bloqueo lo que dejó caer las viviendas en Centro Habana durante sesenta años? ¿Fue Trump quien convirtió los hospitales públicos en cuevas sin medicinas, donde los enfermos llevan su propio jabón, su propia gasa, su propia esperanza?

¿Fue el imperialismo quien diseñó un sistema agrario que, después de décadas de reformas, ha dejado más de la mitad de las tierras cultivables cubanas invadidas por el marabú, esa maleza que crece donde la revolución prometió cosechas?

El bloqueo existe, sí, pero no puede explicar —no debe explicar— todo. Porque si el bloqueo lo explica todo, entonces usted está diciendo que sin bloqueo seríamos Suiza. Y mire, Pastor, ni con petróleo venezolano gratis durante quince años logramos levantar cabeza. Eso no es culpa de Washington. Es culpa de un modelo económico que quebró tres veces y que hoy, sin muletas externas, se desploma ante nuestros ojos.

Vamos, Pastor, no mienta usted

Usted se ufana de que «tenemos infraestructura que electrifica prácticamente a toda la población». ¿Electrifica, dice? En estos días, en esta semana, en esta madrugada que escribo, millones de cubanos estamos a oscuras. Apagones de veinte horas diarias. Neveras convertidas en armarios. Niños estudiando a la luz de velas que ya ni se consiguen.

¿Eso llama usted «electrificar»? No, Pastor, eso es mentir con descaro. Lo que tenemos es una red eléctrica hecha jirones, mantenida a pulso de ineficiencia y falta de inversión, que se cae a pedazos porque durante décadas se priorizó la «obra» y no el mantenimiento. Y ahora, cuando el subsidio venezolano se esfumó, cuando Rusia mira a otra parte, nos damos cuenta de que el castrismo nunca supo —ni quiso— construir una base energética sostenible. Prefirieron la dádiva, la limosna geopolítica, a la ingeniería de verdad.

Ah, pero usted saca a relucir las banderas de siempre: la salud, la educación, el deporte, la ciencia, la Escuela Latinoamericana de Medicina, el método «Yo sí puedo». Pastor, déjeme contarle algo que usted quizá no sabe porque no sale en los partes oficiales: en estos momentos, en estos mismos instantes, hay niños cubanos que no desayunan. Hay ancianos que mueren solos en sus casas porque no hay ambulancia que los recoja.

Y hay hospitales donde las intervenciones quirúrgicas se suspenden por falta de anestesia. ¿Y sabe qué? Esa miseria no la causa el bloqueo. La causa un sistema que, durante sesenta y seis años, gastó millones en sostener embajadas en 120 países, en financiar grupos de solidaridad, en comprar voluntades en foros internacionales, mientras aquí, en la tierra que dicen defender, la gente se moría de cosas curables.

Pregunte y tenga cuidado con las respuestas

Usted dice que «lo fallido está del lado de allá». Y yo le pregunto: ¿del lado de allá está la cola interminable para comprar un pan que no llega? ¿Del lado de allá están los jóvenes que se juegan la vida en una balsa? ¿Del lado de allá está la familia separada, el hijo que no ve a su madre en treinta años, la novia que espera en Miami mientras el novio espera en La Habana? No, Pastor. Eso está aquí.

Esa es obra nuestra. Obra de un régimen que convirtió la escasez en herramienta de control y la emigración en válvula de escape. Si Cuba fuera realmente ese paraíso de logros sociales que usted describe, la gente no se iría. Y se van, Pastor. Se van por miles, por cientos de miles, en lanchas, en balsas, por la selva del Darién, por cualquier rendija que les devuelva la dignidad que aquí les negaron.

Lea el texto de Pastor Batista acá (https://www.granma.cu/opinion/2026-02-15/fallido-quien-15-02-2026-19-02-04)

Mire, yo no le pido que deje de creer en su revolución. Cada cual tiene derecho a sus fantasmas. Pero sí le pido, de periodista a periodista, que salga del despacho. Que deje su auto, el de Granma, se monte en una guagua —si encuentra una que funcione— y hable con la gente de a pie.

Pregúnteles si se sienten representados por ese Estado que usted defiende. Pregúnteles si creen que su voto vale algo. O si confían en que el futuro será mejor. Las respuestas le helarán la sangre. Porque un Estado fallido no es solo el que no tiene dinero. Es el que ha perdido la legitimidad, el que no puede garantizar lo mínimo, el que sobrevive porque la gente aún tiene miedo, no porque tenga esperanza.

Así que, con todo respeto, Pastor: no nos venga con cuentos. Cuba es un Estado fallido. Fallido en su economía, fallido en su política, fallido en su capacidad de ofrecer una vida digna a sus ciudadanos. Y lo más trágico no es que usted no lo vea. Lo más trágico es que, probablemente, usted sí lo ve, pero tiene que escribir lo contrario. Eso, amigo mío, también es una forma de fracaso.

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