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Por Max Astudillo ()
La Habana.- La filtración del Miami Herald tiene la contundencia de un misil teledirigido: la administración Trump considera a Miguel Díaz-Canel un obstáculo insalvable y evalúa exigir su relevo como condición para avanzar en las negociaciones secretas con La Habana.
El diagnóstico de Washington es que el actual presidente cubano es «demasiado ideológico y débil» para emprender reformas económicas profundas o cambios políticos en la isla. La conclusión parece lógica: una transición en la cúpula podría desbloquear el diálogo y abrir la posibilidad real de una apertura.
Pero aquí es donde la lógica de Trump choca con la realidad cubana. Porque Díaz-Canel, efectivamente, es débil. Pero no es el poder. Díaz-Canel es el administrador de la finca, el gerente de la ruina, el hombre que pone la cara mientras el verdadero poder se esconde tras los muros de Cubanacán.
El poder real está en el entorno de Raúl Castro, un anciano sordo de 94 años que ya apenas aparece en público, pero cuya sombra sigue siendo lo único que sostiene el tinglado. Y sobre todo, está en su hijo, Alejandro Castro, y en su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, «El Cangrejo», esos que han controlado los hilos de la inteligencia, los negocios y la represión durante décadas.
Exigir la cabeza de Díaz-Canel es como pedirle a un narcotraficante que cambie de contable. El contable puede irse, pero la estructura sigue intacta. La droga sigue entrando. El dinero sigue fluyendo. En Cuba, el «contable» se llama Miguel Díaz-Canel, y su posible salida no afectaría en nada el verdadero entramado del poder castrista. Porque quienes mandan, los que deciden, los que negocian ahora mismo con el entorno de Marco Rubio, no son los que aparecen en los discursos de fin de año. Son los que nunca salen en la televisión.
Hay, sin embargo, una posibilidad que los analistas no pueden descartar. Esta filtración, este supuesto «ultimátum» de Trump, podría ser una jugada de engaño perfectamente orquestada. Una manera de sembrar cizaña en la cúpula cubana, de enfrentar a los sectores del castrismo duro con los que estarían dispuestos a sacrificar a Díaz-Canel para ganar tiempo. Washington sabe, porque lo ha estudiado durante décadas, que el régimen cubano no es un monolito. Hay matices, hay disputas, hay egos. Y nada desestabiliza más que la sospecha de que el otro está negociando a tus espaldas.
Lo que sí ha dejado claro Trump, y esto es importante, es que el castrismo caerá. No ha dicho cuándo, ni cómo, ni a qué costo. Pero la convicción está ahí, y las acciones de su administración apuntan en esa dirección. El problema es que, en el camino, puede cometer errores de principiante. Como creer que cambiando al gerente se cambia la empresa. Como pensar que el poder en Cuba está donde dice la constitución, y no donde realmente está: en los cuarteles, en las empresas militares, en las cuentas bancarias de los que nunca salen en las fotos.
Mientras tanto, la pelota está en la cancha del castrismo duro. ¿Sacrificarán al presidente nominal para ganar tiempo? ¿O se preparan para el choque frontal con un Trump que ya ha demostrado que no negocia por negociar? En los próximos meses, lo veremos. Pero no nos engañemos: el verdadero poder en La Habana no lleva traje, lleva uniforme. O no lleva nada, porque ya no necesita aparecer. Y mientras ese poder siga intacto, Díaz-Canel puede irse, quedarse, o desaparecer, y la dictadura seguirá funcionando. Como siempre. Como una máquina de moler esperanzas que solo entiende un lenguaje: el de la fuerza. Y a veces, ni ese.