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Por Dagoberto Valdés Hernández (centroconvergencia.org)
Pinar del Río.- Durante más de 67 años, el pueblo cubano ha sufrido la separación de las familias. Un éxodo imparable ha despedazado el alma de la Nación. Este ha sido uno de los horrores vividos por este país que tiene entre sus más entrañables patrimonios el amor de la familia.
Desde la década de los años sesenta del siglo pasado el régimen ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para separar, sin piedad y sin recato, a los miembros de las familias cubanas. Así, han buscado separar a los hijos de la influencia y la educación de sus padres. También han separado a padres y abuelos obligándolos al destierro, la cárcel o el paredón. La división, el repudio y hasta el odio que se ha fomentado entre los miembros de la familia que no pensaban igual. Y aquel lema que se convirtió en sentencia sin juicio y sin derecho: “El que no se “adapte” o al que no le guste “esto”, que se vaya.” “¡No los queremos, no los necesitamos!”
Cuba ha sido despedazada para ejercer el poder totalitario. Millones de cubanos tuvieron que optar por el exilio o fueron compelidos a dejar atrás, abuelos, padres, madres, hermanos e hijos. Fue una amputación inenarrable. Por eso, hay que ser fiel a la memoria histórica de aquella deshumanizante crueldad que vivieron durante años nuestras familias separadas. Los que se marchaban recibían una orden en el aeropuerto: “El que vuelva su vista atrás o levante su mano para despedirse de sus familiares será regresado al edificio de la terminal y se le prohibirá salir del país”. Todavía retumban los gritos llenos de ira que se repetían en desalmada cadencia: “¡Que se vayan! ¡Que se vayan!”
Esa pesadilla que llega hasta nuestros días en forma de cambio de cárcel por destierro, o en forma de “regulación”, eufemismo para nombrar a la prohibición arbitraria de viajar. Así, esa noche oscura, está llegando a su fin definitivo. Está llegando el día del regreso a casa. Se acerca el día del gran abrazo de la familia cubana.
En efecto, el primer fruto de la libertad de Cuba es el abrazo entre todos los miembros de cada familia. Además, el abrazo entre vecinos, el abrazo entrañable entre todos los cubanos de buena voluntad.
La reunión de las familias cubanas será el primer balón de oxígeno para la democracia y la primera cosecha del largo camino hacia la libertad plena. Por consiguiente, el abrazo de las familias separadas será la primera prueba de que la noche del odio ha terminado.
Invito a imaginarnos ese día del regreso y del abrazo en la tierra de nuestros abuelos y de nuestros padres. Además, adelantemos con los ojos del alma esos brazos abiertos de par en par. Vivamos por adelantado esa carrerita impaciente del que llega y reconoce desde lejos a su familia. Así, devora la distancia y acelera el glorioso e inefable momento del primer abrazo a la madre, a los abuelos.
Imaginemos, desde ahora, la llegada a nuestro barrio, el reconocer a los que aún viven. Además, corramos al entrar en la casa en la que aún nos espera parte de nuestra familia.
Vislumbremos la primera visita al cementerio donde veneraremos los restos de nuestros familiares que se quedaron y murieron esperando ese día. Luego, adelantemos la plegaria y la flor que con un beso depositaremos sobre sus tumbas. Así, abrazados ya para siempre, los de aquí y los de allá… para que al vernos unidos, nuestros muertos puedan, al fin, descansar en paz.
Y, por fin, imaginemos la alegría y la felicidad, el repicar de campanas y el gozo de la fiesta cubana, del día del reencuentro y el abrazo. Ese será el día en que se acabe el miedo y amanezca la libertad. Entonces se abrirán los nuevos sueños y proyectos. Se multiplicarán las ideas compartidas. Así, crecerá el esfuerzo mancomunado y la convivencia creativa con las que comenzaremos la reconstrucción de una Cuba libre, próspera y feliz.
El día del regreso y del abrazo ya está aquí. No es un “ojalá” es un “ya”. Y lo podremos vivir más intensamente si, desde ahora, lo comenzamos a imaginar, preparar y disfrutar.
Que así sea.