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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Durante décadas, Ernesto “Che” Guevara fue elevado al rango de mito universal. Su rostro se multiplicó en camisetas, murales y consignas, convirtiéndose en símbolo global de rebeldía y justicia social. Sin embargo, los mitos no resisten el escrutinio de las fuentes primarias. En este caso, las evidencias más contundentes no provienen de sus enemigos ni de detractores, sino del propio Guevara.
Este trabajo no recurre a interpretaciones ajenas ni a propaganda ideológica. Se basa exclusivamente en discursos públicos, escritos políticos y textos documentados firmados por él mismo. No existe evidencia documental ni archivo confiable que confirme la existencia de una carta del Che Guevara a su padre donde exprese gusto por matar; este trabajo evita reproducir rumores o afirmaciones sin sustento histórico. La intención no es construir una caricatura, sino volver a la materia prima: su pensamiento expresado sin intermediarios.
En su “Mensaje a la Tricontinental” (1967), Guevara dejó claro uno de los principios rectores de su doctrina: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo…”
En el mismo documento afirmó: “Convertirse en una fría máquina de matar, impulsada por el odio.”
Estas expresiones no pertenecen al lenguaje de la reforma, la compasión o la democracia. Son el núcleo de una ética fundada en la eliminación del adversario.
Desde la tribuna de las Naciones Unidas, el 11 de diciembre de 1964, declaró con absoluta claridad: “Fusilamos, sí. Hemos fusilado y seguiremos fusilando mientras sea necesario.”
Aquí no hay negación ni arrepentimiento, sino justificación abierta y pública de la violencia como política de Estado.
En discursos internos como ministro en Cuba, rechazó la justicia entendida según preceptos universales: “La justicia revolucionaria no se basa en preceptos jurídicos burgueses.”
Este enunciado implica la sustitución del derecho por la voluntad política, donde el fin justifica los medios y la legalidad es subordinada al poder.
En sus diarios de viaje juvenil (1952), quedan registradas valoraciones raciales profundamente problemáticas: “El negro… ha mantenido su pureza racial gracias a su escaso apego al baño.”
Lejos de ser un dato aislado, esta frase revela una mentalidad jerárquica que contradice la imagen humanista con la que se le suele asociar.
Su ideal del “hombre nuevo” también excluía cualquier comportamiento considerado fuera del molde revolucionario: “No podemos permitir desviaciones que afecten la moral del hombre nuevo.”
Estas ideas se insertaron en una lógica de control y exclusión moral que en la práctica se tradujo en políticas represivas contra minorías, homosexuales y disidentes.
Cuando se observa en conjunto su producción escrita, se desvela una figura distinta al ícono romántico: no es el libertador idealizado, sino el ideólogo de una ética del conflicto permanente, la deshumanización del adversario y la subordinación total del individuo a la causa.
Este texto no busca dictar sentencia moral definitiva, sino devolver la palabra a su verdadero autor. Cuando es el propio Ernesto Guevara quien habla sin intermediarios, el mito pierde su brillo por sí solo.