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Durante décadas, en las zonas rurales de China, hubo un enemigo pequeño que causaba daños enormes.
No era una tormenta. No era una guerra. Era un cangrejo.
El Procambarus clarkii, conocido como cangrejo rojo de los pantanos, llegó a China a finales de la década de 1920. Fue introducido desde Japón a Nankín, supuestamente como forraje para ranas toro o incluso como curiosidad ornamental. Nadie imaginó que aquel crustáceo terminaría alterando el equilibrio de una de las infraestructuras agrícolas más extensas del mundo.
Porque su biología no era inocente.
A diferencia de otras especies acuáticas, este cangrejo no se limita a esconderse bajo piedras. Excava. Y lo hace con determinación. Construye sistemas de túneles profundos y complejos que le permiten sobrevivir a sequías, escapar de depredadores y reproducirse con éxito.
El problema es que gran parte del paisaje agrícola chino —especialmente en la cuenca del Yangtsé— depende de diques y terrazas de tierra compactada. Kilómetros de canales de riego y presas construidas con suelo apisonado sostienen arrozales que alimentan a millones.
Para el cangrejo rojo, esos terraplenes no eran defensa. Eran terreno ideal.
Las madrigueras perforaban los bordes de arrozales y canales. En temporada de lluvias, el agua se filtraba por esos túneles, generando lo que los ingenieros llaman “canalización”. El flujo no pasaba por encima del dique: lo atravesaba desde dentro. La erosión interna debilitaba la estructura hasta provocar fugas o colapsos completos.
El antiguo proverbio chino decía:
“Un nido de hormigas puede destruir un dique de mil millas”.
El cangrejo se convirtió en la versión acuática de esa advertencia.
Durante buena parte del siglo XX fue considerado una plaga grave. Resistía aguas contaminadas, toleraba bajos niveles de oxígeno y se reproducía con rapidez. Los agricultores lo veían como un saboteador silencioso que drenaba campos y comprometía sistemas de control de inundaciones.
Pero la historia dio un giro inesperado.
En la década de 1990, el auge gastronómico del mala xiaolongxia, el cangrejo picante al estilo Sichuan, transformó su reputación. Lo que había sido un enemigo estructural comenzó a convertirse en recurso económico.
China pasó de intentar erradicarlo a integrarlo.
Los agricultores desarrollaron sistemas de cocultivo arroz–cangrejo, reforzando diques y rediseñando campos para albergar la especie en lugar de combatirla. En muchas regiones, los ingresos generados por el cangrejo superaron a los del propio arroz.
El “destructor de presas” se convirtió en “xiaolongxia”, la pequeña langosta celebrada en mercados y restaurantes.
Eso no significa que haya dejado de ser ecológicamente problemático. En ecosistemas naturales y estructuras tradicionales no reforzadas sigue representando una amenaza. Pero su historia revela algo más complejo que una simple etiqueta de plaga.
Muestra cómo una especie invasora puede pasar de desastre a industria.
Cómo la economía puede reconfigurar la percepción del daño.
Y cómo, a veces, la adaptación sustituye a la erradicación.
El mismo animal que perforaba diques hoy sostiene parte de una economía agrícola multimillonaria.
Un recordatorio histórico de que la relación entre naturaleza y sociedad no es estática.
Es conflicto. Es ingeniería. Y, a veces, es ironía.