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Marchaban en fila, de la mano, por senderos tranquilos y sombreados. Les dijeron que solo era un traslado. Que no debían tener miedo.
El bosque de Ponary parecía común. Verde. Silencioso. Y precisamente por eso era perfecto para matar.
Entre 1941 y 1944, a pocos kilómetros de Vilna, ese bosque se convirtió en una fábrica de desapariciones. Bajo las raíces de los árboles ya había fosas abiertas, listas para borrar nombres, voces y futuros. Allí fueron asesinadas cerca de 70.000 personas. Miles de ellas eran niños judíos.
El método era simple y cruel. Primero separar. Luego engañar. Después disparar.
En los guetos, los niños eran considerados “improductivos”. No servían para el trabajo forzado. Por eso se los llevaban primero. No solo para matarlos, sino para quebrar a los padres antes de destruir a toda la comunidad.
Los padres intentaban esconderlos en sótanos, detrás de paredes, bajo mantas. Muchos fueron golpeados o asesinados por resistirse. Los gritos recorrían el gueto. El bosque, en cambio, absorbía el sonido.
En Kovno, en el Fuerte IX, la historia se repitió con una precisión aterradora. Entre el 20 y el 21 de noviembre de 1941, unos 1.500 niños judíos fueron sacados del gueto, cargados en camiones y llevados a una antigua fortaleza convertida en sitio de ejecución. Algunos llegaron tomados de la mano. Algunos fueron enterrados heridos. Ninguno regresó.
Esto ocurrió antes de las cámaras de gas. Fue el llamado “Holocausto a balazos”. No fue caos. Fue política. No fue exceso. Fue diseño.
Hoy esos lugares están cubiertos de hierba, museos, memoriales. El bosque sigue en pie. El silencio permanece. Pero la historia no debe hacerlo.
Recordar a estos niños no es solo un acto de memoria. Es una advertencia. Porque cuando el odio se normaliza, la inocencia siempre es el primer objetivo.
Nunca más no es una consigna. Es una responsabilidad.