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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El Granma, ese boletín parroquial que aún se empeña en mantener viva la ficción de una revolución que hace décadas devoró a sus hijos, tituló con una de esas frases que hielan la sangre por lo que tienen de cinismo y de burla: «En Cuba el poder sigue teniendo apellido de pueblo». Uno lee eso y piensa que, efectivamente, el poder tiene apellido en Cuba. Pero no es «pueblo». Es Castro.
Desde el 1 de enero de 1959, cuando Fidel entró en La Habana montado en un tanque, hasta este minuto en que escribo, el poder en Cuba ha tenido un solo apellido. Y no es precisamente el de los hombres y mujeres que hacen colas interminables para comprar un pan que no llega.
Díaz-Canel, el administrador de turno, el hombre que pronuncia discursos mientras el país se apaga, se atrevió a decir en una «audiencia pública parlamentaria» que los delegados del Poder Popular deben «asumir como propio el dolor ajeno». Habría que preguntarle a Díaz-Canel, o a quien realmente manda, si ese dolor ajeno incluye el de los padres que no pueden darle de comer a sus hijos. Además, habría que preguntar si incluye el de los ancianos que mueren sin medicinas, el de los jóvenes que se juegan la vida en una balsa para escapar de esta «democracia participativa» que ellos nos regalaron. Asumir el dolor ajeno sería, en su caso, renunciar. Pero no renuncian. Prefieren seguir administrando la miseria mientras predican con la boca llena de palabras bonitas.
Y hablan de 50 años de Poder Popular. Son 50 años en los que ese poder ha tenido nombre y apellido: Fidel, Raúl, y ahora sus hijos y nietos, que viven como les da la gana mientras el país se desangra. Los Castro Soto del Valle, los Castro Espín, los hijos y nietos de la «generación histórica», esos que no aparecen en las colas, esos que no conocen el sabor de la leche en polvo aguada, esos que estudian en escuelas blindadas mientras las públicas se caen a pedazos. Ellos son el «poder con apellido de pueblo». Además, ellos tienen sus clínicas exclusivas, sus tiendas en divisas, sus coches blindados, mientras el pueblo, el de verdad, el que ellos dicen representar, se muere de hambre en las calles de La Habana y Santiago.
La audiencia pública en el Capitolio, con sus discursos y sus condecoraciones, fue un ejercicio más de esa ficción que el régimen se empeña en mantener. Hablaron de constituciones, de historia, de democracia participativa. Pero nadie mencionó los apagones de 20 horas, la ausencia de medicinas, el éxodo masivo de jóvenes, los presos políticos, las muertes por falta de atención médica. Nadie preguntó por qué, si el poder es del pueblo, el pueblo no puede decidir su futuro. Y nadie mencionó que el único poder real en Cuba es el de las armas, el de la policía política, el de los que controlan el petróleo que no llega y la comida que no alcanza.
Ellos llaman «punto de inflexión» a esta celebración. Nosotros, los que vivimos la realidad, llamamos a las cosas por su nombre: es la consagración de un fracaso. 50 años de Poder Popular han dado como resultado un país en ruinas, una economía de trueque, una sociedad partida entre los que se van y los que se quedan a esperar la muerte. Eso es lo que han construido con su «democracia». Por eso, cuando hablan de «pueblo», nosotros pensamos en los que ya no están, en los que se fueron en balsa, en los que murieron esperando.
No, señores del Granma. El poder en Cuba no tiene apellido de pueblo. El poder en Cuba tiene apellido de Castro. Y mientras ese apellido siga mandando, el pueblo seguirá sufriendo. Esa es la única verdad que sus discursos no pueden ocultar.