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El anexionismo no viene de Washington; nace de nuestra desesperación

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Por Sergio Barbán Cardero ()

MIami.- ¿Quiere Estados Unidos anexarse a Cuba? Mi opinión, con toda franqueza, es esta: No.

Estados Unidos no ha manifestado —ni política ni institucionalmente— ningún interés en anexarse a Cuba. No existe tal voluntad ni en el Congreso, ni en el establishment, ni en la opinión pública estadounidense. Y la razón es simple: Cuba hoy no representa una oportunidad estratégica, sino una carga colosal.

Hablamos de un país con entre 8 y 9 millones de personas empobrecidas, con un Estado colapsado, infraestructura destruida, sistema energético en ruinas, economía quebrada y servicios básicos en emergencia permanente. Una anexión implicaría asumir: La reconstrucción total de un país fallido, décadas de inversión federal masiva, y un costo político interno enorme.

En términos prácticos, sería “otro Puerto Rico multiplicado por cinco”.

Por eso, el anexionismo contemporáneo no nace en Washington: nace en Cuba. No es un plan geopolítico estadounidense; es un síntoma de desesperación nacional. Surge cuando una parte del pueblo pierde la fe en la posibilidad de reconstruir su propia casa y comienza a mirar hacia afuera en busca de salvación.

Washington teme a la situación de Cuba

Lo que existe en Cuba es un pueblo exhausto que, tras más de seis décadas de ruina, empieza a preguntarse si seguir siendo “independiente” en la miseria perpetua tiene todavía sentido.

El anexionismo que se pide en Cuba, no es amor a EE. UU.; es orfandad de patria. Y esa orfandad no la creó Washington: la creó un régimen que destruyó la República, vació el futuro y convirtió la esperanza en delito.

Ahora bien, incluso si aceptamos que hoy existe una presión inédita para precipitar el colapso del régimen, la pregunta real es otra: Si el régimen cayera, ¿qué haría Estados Unidos con Cuba?

Lo más probable no sería anexión, ni ocupación permanente, ni tutela colonial. La lógica sería pragmática:

Evitar el caos. Washington teme más a una “Cuba en anarquía” que a una Cuba libre: migración masiva, crisis humanitaria, crimen organizado, inestabilidad regional. Su prioridad sería contener el colapso con ayuda de emergencia y coordinación internacional.

Hay que fundar una nueva Cuba

Respaldar una transición cubana. EE. UU. no quiere gobernar Cuba; quiere que Cuba sea gobernable. Facilitaría un proceso provisional cubano y condicionaría la ayuda a pasos verificables hacia libertades reales.

Estabilizar, no absorber. Inversión, apertura comercial, energía, créditos. No por filantropía, sino por interés estratégico: una Cuba funcional es mejor vecina que una Cuba rota.

Reintegrar a Cuba al mundo, no a la Unión. El objetivo sería que Cuba vuelva al sistema internacional, no que deje de ser Cuba.

Una anexión violaría el orden internacional, generaría resistencia incluso entre cubanos anti-régimen, crearía un problema constitucional en EE. UU. y convertiría una crisis ajena en una carga estructural propia. No es útil, no es necesaria, no es deseada.

En ese escenario, Estados Unidos no vendría a “quedarse con Cuba”. Vendría a asegurarse de que Cuba no vuelva a ser rehén de una tiranía ni una bomba social en el Caribe.

La libertad cubana seguirá siendo cubana.

Lo que puede cambiar es que, por primera vez en décadas, el mundo deje de mirar hacia otro lado.

Pero el punto decisivo sigue estando en nosotros: una nación no se salva cuando la adoptan; se salva cuando sus hijos vuelven a creerse capaces de fundarla de nuevo.

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