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Por Guillermo Faxas
La Habana.- Lo ocurrido a Danielito Tri Tri en pleno Vedado no es una anécdota menor ni un simple “mal rato” de transporte. Es el retrato exacto de cómo opera la homofobia cotidiana en Cuba, esa que no sale en los discursos oficiales ni en las campañas de inclusión del Ministerio de Cultura, pero que se manifiesta a gritos, con manoseos y con abuso de poder en un taxi colectivo a las diez de la mañana.
Danielito se monta en un carro en 23 y 28 como cualquier ciudadano. No pide privilegios ni trato especial, solo una cosa básica: saber cuánto le van a cobrar. Desde ahí comienza el juego sucio. El chofer —un botero más de los que pululan por La Habana, grosero y prepotente— decide no responder, burlarse, imponer reglas arbitrarias y, de paso, tantear el terreno con preguntas políticas que no vienen al caso. En Cuba, opinar distinto siempre es una provocación; hacerlo siendo homosexual visible, es casi una sentencia.
La situación escala rápido. El contacto físico no solicitado, el tono elevado, la humillación pública delante de otros pasajeros y, finalmente, el insulto directo. “Buscar plata con la saya puesta”. No es solo una frase vulgar: es un acto de violencia simbólica, una forma de reducir al otro a una caricatura ofensiva, de negarle dignidad. Danielito no estaba discutiendo política ni tarifas; estaba siendo acosado por su apariencia, por su identidad, por existir fuera del molde que la dictadura tolera.
Lo más grave es el silencio. Nadie en el carro dijo nada. Nadie intervino. Nadie preguntó si estaba bien. Ese mutismo cómplice es parte del problema. En Cuba no solo agrede el que insulta o manosea; también agrede el que mira para otro lado. El Estado, que se llena la boca hablando de derechos y diversidad, no protege a nadie en esos espacios donde el ciudadano queda solo, vulnerable, obligado incluso a pagar por un servicio después de ser humillado.
Danielito denuncia porque es lo único que puede hacer. No hay una policía a la que acudir con confianza, ni una institución que garantice justicia real. Denuncia para sacarse el nudo del pecho, para dejar constancia, para que no se normalice lo que no debe ser normal. Casos como este pasan todos los días en Cuba, pero no todos se cuentan. Y mientras no se cuenten, mientras no se señalen con nombre y apellido estas miserias, la xenofobia, la homofobia y el abuso seguirán viajando cómodos, como ese chofer, por toda La Habana.