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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Cuando Donald Trump habla de una «toma amistosa» de Cuba, uno no puede evitar preguntarse qué entendemos por amistad en el lenguaje geopolítico de Washington. Porque, seamos sinceros, la historia entre Estados Unidos y la isla no es precisamente un manual de buenos vecinos. ¿Desde cuándo las tomas, aunque sean «amistosas», no vienen con condiciones, con cláusulas, con intereses? El magnate ve una «nación fallida» y, como buen empresario, solo piensa en una oportunidad de compra.
Llama poderosamente la atención que, ante semejante declaración, desde La Habana no salga ni un solo comunicado incendiario. ¿Dónde quedó aquella verborrea de «Patria o Muerte» que retumbaba en cada esquina? El régimen, que siempre ha vivido de alimentar el relato del enemigo externo, ahora parece haber perdido el habla. Y no es para menos: cuando dependes del oxígeno que te niegan y del que te ofrecen a cambio de tu alma, la retórica se vuelve un lujo que no puedes pagar.
Trump no se anda con rodeos: «No tienen dinero, no tienen petróleo, no tienen comida». Es la descripción forense de un cadáver político que aún se mueve por inercia. Pero lo que el presidente estadounidence omite es que esa asfixia no es espontánea. Es el resultado de décadas de cerco, sí, pero también de un modelo económico que convirtió la escasez en sistema. Y en medio de ese colapso, mientras el pueblo cubano hace colas interminables por un pan, los jerarcas del castrismo siguen sin responder a la propuesta. Porque responder implicaría reconocer que ya no tienen con qué negociar.
Sabemos que han hablado en México y en San Cristóbal, en ese Caribe de aguas turquesas donde los colores del paraíso esconden las reuniones más turbias. ¿De qué conversan Marco Rubio, el enemigo jurado de la revolución, con los emisarios de La Habana? No nos engañemos: cuando dos que se detestan se sientan a la mesa, no es para recordar viejos tiempos. Es porque el que está en la cuerda floja sabe que, si no negocia, el suelo desaparecerá bajo sus pies. Y el castrismo, orgulloso pero práctico, lleva años aprendiendo a tragarse sapos.
Mientras tanto, en el estrecho de Florida, las balas reales rompieron el silencio. Cuatro muertos, entre ellos un estadounidense, y un relato de «infiltración terrorista» que huele a naftalina. El régimen habla de fusiles de asalto y chalecos antibalas, pero la versión de los hechos se desmorona cuando recuerdas que quienes iban en esa lancha no eran comandantes entrenados, sino hombres desesperados, como Amijail Sánchez, que confundieron las redes sociales con un campo de batalla. El castrismo dispara primero y pregunta después, porque sabe que su única fuerza reside en el miedo.
¿Por qué el castrismo no responde a la «oferta amistosa» de Trump? Sencillo: porque responder, aunque sea para decir que no, sería legitimar la pregunta. Sería aceptar que están en posición de ser «tomados», aunque sea con guante de seda. Prefieren el silencio, la ambigüedad, el desgaste. Mientras haya un apagón, una cola, un barco que zarpe hacia Miami, ellos seguirán jugando al gato y al ratón con Washington. Pero el gato, esta vez, tiene hambre de verdad. Y la amistad, en este tablero, siempre termina costando más caro que la guerra.