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El abismo persa: ¿por qué nadie con dos dedos de frente invade Irán?

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Por Ed Stanford (Especial para El Vigía de Cuba)

La Habana.- Hay preguntas que en las mesas de crisis de Washington y Tel Aviv se responden solas. La principal, la que flota sobre cada reunión del Gabinete de Guerra israelí y cada sesión informativa del Pentágono, es esta: si es tan fácil destruir el programa nuclear iraní desde el aire, ¿por qué nadie se atreve siquiera a planificar una invasión terrestre?

La respuesta no está en los informes de inteligencia, sino en el mapa. Basta mirar a Irán con un mínimo de perspectiva histórica para entender que el país no es un enemigo, es una trampa. Una trampa de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, con 92 millones de habitantes y 2.500 años de experiencia en hacer que los invasores paguen cada metro con sangre, tiempo y paciencia.

El primer enemigo es la geografía. La cordillera Zagros, que custodia la frontera occidental, no es una cadena montañosa al uso: son 1.600 kilómetros de picos de hasta 4.000 metros, atravesados por cañones estrechos donde un pelotón bien colocado puede detener a una división. Al norte, los montes Elborz actúan como un muro helado entre el Caspio y la meseta.

Al sur, el estrecho de Ormuz, de apenas 39 kilómetros de ancho, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, puede ser cerrado en cuestión de horas con minas y misiles costeros. Y en el centro, una meseta desértica del tamaño de dos Alemanias, donde la población se agrupa en los bordes y el interior es un vacío que engulle líneas de suministro. Avanzar en Irán no es una operación militar, es una pesadilla logística con forma de país.

El riesgo de ganar la guerra

Pero el problema no es solo el terreno. Es el arsenal. La República Islámica ha invertido décadas en construir un sistema de disuasión asimétrico que no necesita igualar a la OTAN en el aire para ganar en el suelo. Más de 3.000 misiles balísticos, con alcances de hasta 2.000 kilómetros, convierten cualquier base estadounidense en el Golfo en un blanco vulnerable.

Los misiles antibuque, desplegados a lo largo de la costa, convierten el despliegue naval en una ruleta rusa. Y los drones Shahed, probados en Ucrania, baratos y producidos en masa, pueden saturar cualquier defensa antiaérea. Irán no necesita ganar una guerra convencional; le basta con hacerla tan costosa que ningún poder exterior pueda sostenerla.

La historia, además, juega en su contra. Alejandro Magno conquistó el Imperio Persa, pero sus sucesores se quedaron dos siglos y terminaron hablando persa. Los árabes trajeron el Islam en el siglo VII, pero necesitaron a los visires sasánidas para gobernar.

Los mongoles arrasaron Bagdad en el siglo XIII, y sus descendientes acabaron convertidos al Islam, reconstruyendo canales y escribiendo poesía en persa. El patrón es claro: Irán no se rinde, se asimila. No vence en el campo de batalla, pero absorbe al vencedor en su cultura, su burocracia, su lengua. Es una victoria pírrica llevada al extremo: puedes ganar la guerra, pero perderás la identidad de tu ejército ocupante.

Bombardear es conocer la realidad

Por eso, cuando Estados Unidos e Israel bombardean, y lo hacen con precisión quirúrgica, saben que están eligiendo el mal menor. Un bombardeo puede retrasar el programa nuclear, puede destruir instalaciones, puede enviar un mensaje. Pero una invasión… una invasión es abrir la puerta del infierno.

Una invasión significa comprometer cientos de miles de soldados en un terreno imposible, enfrentarse a una guerrilla en montañas que los locales conocen palmo a palmo, sostener una ocupación interminable mientras Hezbolá abre un segundo frente desde Líbano, los hutíes cierran el mar Rojo y las milicias chiíes de Irak y Siria convierten la retaguardia en un polvorín.

La decisión de bombardear, y solo bombardear, no es un signo de debilidad. Es un reconocimiento de la realidad: Irán no se conquista con botas sobre el terreno. Se contiene, se disuade, se negocia. Se le puede cortar la cabeza, pero el cuerpo seguirá retorciéndose durante décadas.

Por eso, cada vez que un estratega en Tel Aviv o Washington propone «acabar de una vez» con el régimen de los ayatolás, los que tienen memoria histórica sacan los mapas, repasan las lecciones de Alejandro, de los mongoles, de los británicos en Mesopotamia, y responden con la única frase sensata: «Mejor pensémoslo dos veces». Y mientras piensan, Irán sigue ahí, inmenso, montañoso, armado, esperando. Como siempre. Como un abismo que no devora cuerpos, sino ejércitos enteros.

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