Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- ¿Saben los cubanos qué es la educación cívica? La respuesta, lamentablemente, es no. O al menos la mayoría no lo sabe.
La educación cívica es la formación que permite a una persona comprender cómo funciona la sociedad en la que vive: cuáles son sus derechos, cuáles son sus deberes y qué papel ocupa dentro de la comunidad política.
Dicho de manera simple: la educación cívica enseña a vivir en sociedad. Y no se aprende en un aula solamente; es una escuela que dura toda la vida. En una sociedad normal nadie tiene que explicarte constantemente qué es el Estado o cómo funcionan las leyes. Eso se aprende casi sin darse cuenta: viendo cómo se respetan los contratos, cómo se cumplen las promesas, cómo la palabra dada tiene valor.
La educación cívica incluye cosas muy concretas: conocer los derechos ciudadanos (libertad, voto, igualdad ante la ley); entender los deberes (respetar las leyes, pagar impuestos, convivir con otros); comprender cómo funcionan las instituciones; y desarrollar valores básicos como la responsabilidad, el respeto y la confianza.
En síntesis: la educación cívica convierte a una persona en ciudadano.
Un ejemplo
Pondré un ejemplo muy cubano para entenderlo mejor. Antes de 1959, y durante algunos años después, existía en Cuba una forma simple, humana y eficaz de crédito: “El fiado”. No era teoría económica ni ideología importada. Era práctica cotidiana. La bodega del barrio, la fonda o la farmacia anotaban en una libreta lo que el cliente llevaba, confiando en algo elemental: el salario, la reputación y la palabra.
El bodeguero sabía quién eras, dónde trabajabas y cuándo cobrabas. También sabía a quién fiar y a quién no. No había algoritmos ni puntuación crediticia bancaria, pero sí memoria social y el empeño de la palabra. (El término puntuación crediticia bancaria, los cubanos no lo dominan, el regimen tampoco, si lo supiera pagara sus deudas antes de endeudarse nuevamente)
El que no pagaba, dejaba de existir comercialmente. El que cumplía, seguía comprando. Eso; nos guste o no, es crédito.
Los niños íbamos a la bodega a pedir fiado con la autorización de nuestros padres, y cuando papá cobraba saldaba la cuenta. No era un derecho: era una obligación moral. Así también se aprende educación cívica desde niño.
Y aquí conviene decirlo con claridad; las tarjetas de crédito no inventaron el crédito. Lo que hicieron fue institucionalizar prácticas que ya existían en sociedades comerciales maduras.
El fiado cubano; como el de España, Italia o los pequeños pueblos de Estados Unidos, formaba parte de ese aprendizaje histórico. Y en Cuba estaba muy extendido porque descansaba en algo fundamental: una economía monetaria real, con salarios que se cobraban y compromisos que se respetaban. Ese detalle es clave para entender lo que vino después. Porque el crédito no es solo una herramienta financiera. Es una apuesta por el futuro.
Quien fía cree que mañana existirá, que el cliente volverá a cobrar y que el país seguirá funcionando. El fiado era, en el fondo, una declaración de confianza en el mañana.
1959, el año fatal
Pero después de 1959 el nuevo poder decidió que el crédito al consumo era una perversión capitalista. El fiado desapareció, el crédito personal fue eliminado y la noción misma de deuda entre ciudadanos y comercio se evaporó.
A cambio se prometieron seguridad, igualdad y abundancia planificada. El resultado lo conocemos; escasez crónica, salarios simbólicos y un ciudadano sin acceso a crédito, ni formal ni informal.
Hoy Cuba usa “tarjetas”, sí, pero sin crédito. Son monederos electrónicos que solo administran la pobreza. El Estado no fía. Los bancos no confían. Y el ciudadano no tiene futuro que ofrecer como garantía.
Paradójicamente, el único que vive permanentemente endeudado es el propio Estado. Así Cuba pasó de una sociedad donde el bodeguero fiaba bacalao, mabinga, arroz y frijoles, porque confiaba en el mañana, a un país donde ni el sistema confía en su gente ni la gente puede confiar en el sistema. Esa es la verdadera tragedia, la pérdida del futuro. Porque el crédito como la libertad, no es un lujo, no es un derecho, es un privilegio que para ganarlo hay que tener educación cívica.
Es confianza organizada. Y un país que no confía en sus ciudadanos termina siendo un país al que nadie quiere fiar… ni siquiera la Historia.



