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Sevilla.- Cuando el año pasado fui invitado a presentar, en la biblioteca del Parque de El retiro, la tercera edición de «La danza en la órbita de Orígenes», compilada por el investigador cubano Pedro Simón y publicada por Ediciones Cumbre (Madrid), entre otras cosas, hablé de la emblemática Valoración Múltiple sobre Dulce María Loynaz compilada, también por Pedro. La Valoración venía al rescate y presentación -para los más jóvenes-, de aquella «rara avis» dentro del canon literario cubano, en que se había convertido Dulce María.
La compilación de textos sobre su obra, publicada a fines de 1991, nacía con un gran sentido editorial de la oportunidad pues la autora de «Jardín» recibiría el Premio Cervantes de Literatura al año siguiente. Sería, además, la última en su especie, pues la tremenda crisis editorial que ya se cernía sobre Cuba cambiaría, en lo adelante, el perfil de las valoraciones voluminosas por otro, menos generoso en extensión y de diferente formato.
Recuerdo aquella presentación con la gravedad de los momentos estremecedores, singulares, poco comunes que nos toca vivir. Yo recién comenzaba a trabajar en la Casa de las Américas y, gracias a Pedro Simón y Luisa Campuzano, tuve trato personal con Dulce María y pude escucharla en varias ocasiones.
Pero, para mí, Dulce María comenzaba con aquella presentación de la Valoración Múltiple que recuerda mi compañera de estudios en la Facultad de Artes y Letras, y amiga, Virginia Ramírez Abreu en este texto que me parece maravilloso, tocado por la gracia del sentimiento honesto y la buena literatura. Compartir la admiración por nuestra profesora Nara Araujo -evocada en este texto de Virginia- me ha estrujado el corazón. Es uno de esos dolores necesarios a los que es mejor acostumbrarse porque, después de la nostalgia, vivifica. Al menos así quiero verlo.
Virginia y yo compartimos espacio aquella tarde con Dulce María, con Nara. El tiempo nos separó; el tiempo y la experiencia de irnos a «otra tierra» volvió a unirnos, décadas después, no sin cierta purificación que ha tejido unos caprichosos lazos entre las diferencias y los puntos en común, como ahora, cuando no deja bien parados a mis queridos César López y a Pedro Simón; pero es su crónica, son los recuerdos de su gran corazón y su especial sensibilidad, es su memoria, es su verdad que acepto como es porque es sincera.
Por eso soy su «bombón de licor» y ella es «mi jebita», esa a la que cojo las intempestivas videollamadas -casi siempre a medio vestir- para hablar de lo humano y lo divino. No por gusto ella y su inseparable Ana me ayudaron a elegir, en una temprana videollamada- la corbata que me puse en la defensa de mi tesis.