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Dos vidas en la madrugada: el espejo de una sociedad que se descompone

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- La madrugada en Artemisa ya no trae solo el fresco del amanecer o el bullicio incipiente de los gallos. Ahora, sus primeras luces iluminan el horror que algunos se empeñan en esconder entre los desechos. Este jueves, en la esquina de Don Quijote, en pleno centro de la ciudad, la basura dejó de ser solo basura. Así, se convirtió en el macabro depósito de lo que debió ser vida.

Un nylon amarillo, de esos que se usan para tapar mercancía o resguardarse de la llovizna, guardaba en su interior el silencio eterno de dos fetos. Los fetos habían sido abandonados junto a un contenedor azul como quien deja los restos de una comida.

Fueron los trabajadores de la recogida de desechos, esos hombres que día a día (o a veces) libran una batalla contra la suciedad en las calles, quienes toparon con lo inimaginable. Con la naturalidad que da la rutina, se acercaron al bulto. Pensaban que dentro habría un animal muerto, quizás un perro o un gato.

Pero al tomar el nylon para echarlo al carretón de caballo, la trama de la bolsa cedió y mostró su contenido. En consecuencia, la escena, de una crudeza indescriptible, los obligó a detenerse, a preservar el lugar y a llamar a las autoridades. Hay cosas que ni el oficio más duro puede normalizar.

Cuando el intendente, Eduardo Acosta Mora, llegó al lugar, la noticia ya había comenzado a tejer su red de consternación. Lo que parecía una tragedia solitaria se duplicó en el parte oficial. No era un feto, sino dos. Dos cuerpecitos minúsculos, de esos que apenas caben en las manos, fueron entonces trasladados con la frialdad de un protocolo hacia Medicina Forense en San Antonio de los Baños. En ese lugar, sobre una fría plancha, los forenses tendrán que descifrar el misterio de dos vidas que nunca llegaron a respirar el aire libre de esta isla. Sin embargo, ya conocen el peso del abandono.

¿Cómo hemos llegado a este punto?

Mientras los especialistas realizaban el levantamiento de los cadáveres, a su alrededor, un grupo de personas se agolpaba en la acera. En sus rostros no había solo sorpresa, sino una pregunta que nadie parece poder responder: ¿cómo es posible que lleguemos a este punto? Pero la pregunta, en el contexto de un país que se desangra, resuena en el vacío. Este hallazgo no es un hecho aislado. Es un eslabón más en una cadena de sucesos macabros que se repiten en Alquízar, en La Habana, y que las redes sociales se encargan de viralizar para que nadie pueda decir que no lo sabía.

Y es que la degradación no es solo económica ni se mide únicamente en apagones o desabastecimiento. La verdadera podredumbre de una sociedad se mide en cómo trata a sus muertos. Y sobre todo, a los que ni siquiera llegaron a nacer. Encontrar fetos en la basura es el síntoma más brutal de un tejido social que se rompe, de una desesperanza que lleva a gestos límite, de un silencio que aplasta cualquier vestigio de humanidad. Es el espejo donde se refleja una realidad donde la vida, en su estado más frágil, vale menos que un nylon amarillo.

Al final, lo único que queda es la constancia del periódico provincial, que promete seguir la noticia con la anuencia de las fuentes oficiales. Pero mientras ellos esperan los informes forenses, el olor a descomposición social se mezcla con el de la basura en esa esquina de Don Quijote. La utopía se ha caído a pedazos. Y en sus escombros, lo único que crece es la certeza de que la situación, como este país, sigue un rumbo descendente hacia un abismo donde ya nada parece capaz de conmovernos del todo.

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