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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- No es un país, son dos. En la misma isla conviven dos realidades que nunca se tocan, dos mundos paralelos que avanzan en direcciones opuestas. Mientras el cubano de a pie cuenta las horas de luz que le quedan para hervir los frijoles antes de que el apagón devore la madrugada, en las cocinas de los que mandan hay chefs que preguntan si el pescado se prefiere a la plancha o al horno.

Los mismos que firman decretos desde sus despachos climatizados tienen despensas llenas, mientras afuera las madres calculan en gramos lo que alcanza para que ninguno de sus hijos se acueste con el estómago vacío. No es retórica, es la geometría básica de la desigualdad: arriba el banquete, abajo las migas .

La educación fue alguna vez el orgullo de esta nación, pero hoy los pupitres vacíos en las escuelas públicas cuentan otra historia. Los niños de los barrios periféricos llevan mochilas sin cuadernos, aprenden con libros heredados que se deshojan como el calendario de la espera. En las aulas faltan maestros porque los que enseñaban ahora buscan comida.

Mientras tanto, los hijos de la élite, los apellidos que importan, asisten a colegios donde el inglés se practica con nativos y las computadoras no dependen de la corriente eléctrica. No es que esos colegios sean necesariamente buenos —nada lo es del todo en esta ruina—, pero al menos encienden las luces cuando el resto del país se apaga .

Los olores de la supervivencia

Caminar por La Habana es ejercitar el olfato en la nostalgia y la miseria. Las calles huelen a sudor acumulado en guaguas que no llegan, a humo de leña en las aceras donde se cocina a la intemperie, a basura que nadie recoge porque no hay combustible para los camiones. Huele a pobre, que es un olor antiguo y persistente.

Pero si uno cruza ciertas puertas, ciertos barrios cerrados, ciertos repartos donde viven los que deciden, el aire cambia. Allí flotan los perfumes de Francia, los aromas de la tienda de divisas, el olor del café recién colado sin la angustia de cuándo volverá a haberlo. Los de arriba huelen a lujo; los de abajo, a supervivencia .

Moverse por esta isla es también una lección de geografía humana. Los pobres se desplazan como pueden: a pie, en bicicletas que heredan generaciones, en carretas tiradas por caballos que parecen salidas de otro siglo. En el campo, los bueyes vuelven a arar la tierra porque los tractores no tienen diésel.

Pero en los garajes de los funcionarios, los autos oficiales esperan con el tanque lleno, listos para llevar a sus dueños a reuniones donde se discute la escasez. La gasolina sobra para ellos mientras las colas en las gasolineras se miden por kilómetros y por horas de sol cayendo sobre la desesperación .

La geografía del privilegio

El privilegio también tiene su geografía: los hoteles de lujo, los cayos exclusivos, las playas cerradas al cubano común. Mientras las familias se hacinan en casas que se derrumban con cada lluvia, con techos que amenazan y paredes que se agrietan como el discurso oficial, la cohorte gobernante se desplaza a Varadero cuando el calor aprieta, a Cayo Largo cuando el cansancio del poder pesa.

Allí descansan los mismos que firman las listas de carencias, los mismos que tienen casas de seguridad y residencias con generadores eléctricos que nunca fallan .

Y en el centro de todo, el miedo como método. Los de abajo aprenden a callar, a mirar hacia otro lado, a medir cada palabra porque una frase fuera de lugar puede costar la libertad.

Los de arriba persiguen con la tranquilidad del que sabe que la ley se escribe a su medida. Encarcelan, juzgan, condenan.

Cerraron 2025 con más de mil presos políticos, hombres y mujeres que osaron decir lo que muchos piensan en voz baja .

El poder se sostiene así: mientras unos sobreviven con dos horas de luz al día, otros administran la oscuridad desde sus mansiones iluminadas, preguntándose cuánto podrá durar todavía esta película que ya todos vimos terminar antes .

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