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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hablemos claro, que ya estamos muy grandes para andar con paños tibios. Dicen que el pueblo cubano está dividido. Y es verdad. Pero esa división no la inventaron los marcianos ni la metieron en un laboratorio secreto de la CIA. La inventamos nosotros, los de a pie, los que un día vimos llegar el «cochino dólar» y decidimos que valía más que la solidaridad.

Porque todo comenzó con una carrera de velocidad para atrapar esa moneda maldita, mientras nos prohibían hablar con los turistas por si acaso se nos contagiaba la prostitución o la malversación. ¿Y qué pasó al final? Que nos metieron el dólar en las venas, pero el manual de usuario se lo quedaron cuatro vivos. Y así, amigos míos, empezó el sainete.

Porque el Manual de usuario es la clave de todo. Cuando lo tienes, puedes ser ministro y espiar para otro país al mismo tiempo, y si no eres bruto —que en Cuba hay mucho bruto, pero también vivos— terminas en Palma de Mallorca tomando el sol mientras los demás nos partimos la cara.

El Manual es simple, no pide mucho: «Convences a los demás de que la riqueza se alcanza trabajando como un chino, tú guardas dólares debajo de la cama, diseñas un paraíso que nunca llega, y cuando ya tienes un colchón, inviertes sin que nadie se dé cuenta». Y lo mejor de todo: si alguien te reclama, le dices aquello de Galeano, que la utopía sirve para caminar. Y la gente aplaude. Porque los cubanos, señor mío, tenemos una capacidad infinita para aplaudir nuestras proas metidas.

Los que se creyeron… por dólares

Y mientras los vivos se forraban, los de a pie empezamos a mirarnos con otros ojos. Ya no era «mi hijo es militante», sino «mi hijo trabaja en Cayo Guillermo». Porque el turismo tenía otro olor, otro sabor, otro brillo. Y los trabajadores del turismo, benditos sean, se crecieron. Les creció la cabeza un palmo por encima de los médicos, los maestros, los geólogos, los que se ganaban un bono sanitario miserable mientras ellos se llevaban los dólares.

Yo viajé cinco años en las guaguas del Vedado a Guanabo, y vi cosas que me dieron asco. No asco por la pobreza, que eso ya lo tenemos asumido, sino asco por la soberbia.

Porque ver a un lunchero o una camarera ocupando dos asientos para que un profesor no se sentara a su lado, eso no es división ideológica. Eso es simple y pura mierda humana. Ver cómo se tapaban la nariz si alguien olía diferente —que no olía a Heno de Pravia, claro, porque el Heno de Pravia cuesta dinero y los profesores no tienen—, eso no es revolución.

Eso es casta. Eso es la misma porquería que criticamos en los ricos, pero aplicada en pequeñito, en la guagua, entre hormigas que estábamos en el fondo del mismo pozo. Pero resulta que unas hormigas decidieron que eran más hormigas que las otras. Y así nos fue.

El olor de la realidad

Y no me vengan ahora con que la división es culpa del bloqueo o de la guerra económica. La división empezó cuando permitimos que el dinero nos partiera en dos. Cuando un médico viajaba de pie mientras un fregador ponía la mochila en el asiento vacío. Cuando la solidaridad se cambió por el orgullo de tener un poco más.

Porque aquí nadie se hizo millonario —salvo los del Manual, esos sí—, pero todos quisimos aparentar que éramos más. Y los más miserables fueron los que más aparentaron. Ya lo decía Strindberg: la pobreza siempre es más o menos sucia. Pero más sucio es disimular lo que está pasando delante de tus narices.

 Así que estamos divididos, sí. Pero hay algo en lo que deberíamos ponernos de acuerdo: hay que romper el maldito Manual de usuario. Porque esa vaina solo le sirve a cuatro vivos que llevan décadas guardando dólares debajo del colchón mientras nos venden utopías.

çLas crisis ocurren cuando algo que debe morir no acaba de morir, y lo que debe nacer no acaba de nacer. Pues que muera de una vez. Y que nazca algo nuevo, algo sin guaguas con dos asientos ocupados, sin luncheros que se tapan la nariz, sin manuales de corrupción. ¿Será posible? No sé. Pero la realidad, amigos míos, es más elocuente que cualquier discurso. Y la realidad huele. Huele a cochino dólar, a mochila sobre un asiento vacío y a una revolución que hace tiempo perdió el rumbo. Oremos por el nacimiento. Es lo que toca. Y si no, al menos dejemos de aplaudir.

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