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Por Sergio Barbán Cardero ()
La Habana.- Sí, diálogo sin pueblo. Porque el régimen no es el pueblo, no es Cuba, no es la Patria ni la nación… y el pueblo, en la práctica, no es el soberano. El único soberano real es el partido comunista: una ideología que buena parte del país rechaza y que se sostiene mediante el control, la coerción y la institucionalización del miedo.
Cuando Miguel Díaz-Canel afirma que están dispuestos a dialogar con Estados Unidos, uno podría pensar por un instante, que se abre una puerta. Pero basta escuchar el resto de la frase para entender que no hay puerta… hay un muro. “Estamos dispuestos a dialogar”, dice. Pero acto seguido aclara: no se negocian la soberanía, la independencia ni el sistema político. Traducido al lenguaje real: hablemos de todo… menos de lo que realmente importa.
Lo más revelador no es lo que dice, sino lo que omite. En toda esa formulación, el pueblo cubano simplemente no existe. No existe el ciudadano que lleva años sobreviviendo entre apagones, escasez y represión, y gritando ¡LIBERTAD!
No existe el joven que no ve futuro. No existe la familia que ha tenido que separarse.
Porque si algo queda claro en ese planteamiento, es que para el poder en Cuba: el sistema está por encima de la gente y el partido es el verdadero soberano
Se habla en nombre de un país entero… pero, la realidad es otra. El partido que gobierna Cuba; único y excluyente, reúne aproximadamente 500,000 militantes, más unos 600,000 de la UJC. En total, alrededor de 1.1 millones de personas. Eso representa cerca del 10% de la población. Y, sin embargo, ese 10% decide por el 100% de los ciudadanos.
Mientras se habla de “principios irrenunciables”, hay otro dato imposible de ignorar: Más de 3 millones de cubanos han emigrado en las últimas dos décadas. Solo entre 2021 y 2025, alrededor de 1.7 millones huyeron, eso no es casualidad, eso no es coyuntural, eso es un veredicto. Porque cuando un pueblo no puede cambiar su realidad dentro de su país… la cambia saliendo de él.
Lo que propone Díaz-Canel en ese cantinfleo frente a Pablo Iglesias Turrión no es una negociación: es un guion cerrado. Dialogar, sí, pero sin tocar el poder, sin cuestionar el sistema que provoca la crisis y sin incluir la voluntad popular. Es decir: una conversación sin consecuencias. Y lo más llamativo es que se presenta como si fuera un gesto de apertura.
Hay otro detalle que delata mucho más de lo que pretende ocultar. Cuando Díaz-Canel explica cómo se conduce el diálogo, insiste en que todo ocurre “bajo la dirección del General de Ejército” (Raúl Castro) y la mía, y que es un proceso “colegiado con otras instancias del partido, del gobierno y del Estado”. Incluso se permite desmentir que exista una supuesta fractura de poder. Pero es precisamente ahí donde su discurso se quiebra. Porque si no hay fractura, ¿por qué esa necesidad constante de reafirmar una cadena de mando? ¿Y quiénes son esas “instancias” que nunca nombra?
Esa ambigüedad no transmite solidez… transmite opacidad. Primero eleva la figura del General, luego se diluye en un entramado difuso y, en el medio, deja entrever que el poder real no se explica, no se identifica y, sobre todo, no se somete al escrutinio público. Ese “actor invisible” que nunca aparece en el discurso es, quizás, el que más pesa en la realidad. Y cuando el poder necesita esconderse para afirmarse, no está demostrando unidad… está dejando pistas de su propia fragilidad.
No hay diálogo posible cuando el pueblo no está en la mesa. Y no hay negociación real cuando lo único prohibido… es cambiar lo que mantiene a ese pueblo atrapado. Porque al final, no están defendiendo la soberanía, ni la independencia, ni siquiera un sistema. Están defendiendo su permanencia en el poder.