Por Arnoldo Fernández
Contramaestre.- Horas infinitas sin corriente eléctrica. Sin telefonía fija. Sin datos móviles. Por donde quiera que se mire, es desastre.
Intento aceptar lo que no puedo cambiar, pero es demasiado: meses sin agua, sin gas, sin medicinas. Sin esperanza.
Respeto a quienes lo justifican —sus razones tendrán—, pero cuesta resistir a base de inventos, de carencias, de límites que se estiran hasta romperse.
Dicen que venderán media libra de azúcar por persona. Cuesta creerlo: tan irrisorio, tan de otro tiempo.
Dicen que entregaron fogones de gas y televisores de pantalla plana. Cuesta creerlo también, en un lugar donde casi nunca hay corriente y el gas no se consigue.
Intento aceptar lo imposible. La mayoría lo intentamos. Pero lo imposible golpea bajo: nos quita la luz, el agua, los alimentos, las medicinas.
Intento aceptar la nada que nos venden como esperanza. Todos lo intentamos. Pero la nada, al final, sigue siendo nada.
Donde vivo, aceptar se ha vuelto rutina: más de veinte horas de apagón al día, meses sin agua, sin comida, sin alivio.
Hacemos como si lo aceptáramos, porque la verdad es otra: no se puede vivir así. No se vive; se resiste.
Mientras tanto, un personaje de apellido histórico posa ante el mundo, vendiéndose como adelantado de una sociedad en la que ni su abuelo creyó.
Y aquí, mientras tanto, el desastre toca a la puerta. Toca a la de todos. Y entra. Entra hondo. Se instala. Y se convierte, sin permiso, en el verdadero protagonista del tiempo que vivimos.
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