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Derecho a excluir: una denuncia de racismo en la Fábrica de Arte Cubano

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Por Anette Espinosa

La Habana.- La denuncia escrita por Kevin Alejandro Bridon Mesa expone un hecho que trasciende lo anecdótico y se instala, de lleno, en una de las heridas más incómodas de la sociedad cubana: el racismo normalizado y maquillado de procedimiento administrativo. La noche del 26 de diciembre, Kevin y dos amigas acudieron a Fábrica de Arte Cubano con la intención de celebrar un cumpleaños en un espacio que se promociona como inclusivo, diverso y cultural. Lo que encontraron, sin embargo, fue una puerta cerrada sin explicación y un silencio que dijo más que cualquier argumento.

Según el testimonio, el grupo realizó la fila como cualquier otro asistente. Delante de ellos, personas blancas y extranjeras accedieron sin dificultad. Cuando llegó su turno, un trabajador del lugar les negó la entrada apelando al llamado “derecho de admisión”, sin ofrecer motivo alguno. La escena se vuelve aún más reveladora cuando otra mujer negra es inicialmente rechazada, pero finalmente admitida tras aclarar que no era cubana. El mensaje implícito resulta tan claro como brutal: no todos los cuerpos negros son iguales cuando se trata de cruzar ciertas puertas.

La denuncia cuestiona el uso arbitrario del “derecho de admisión”, una figura que debería responder a criterios objetivos de seguridad u orden, pero que en la práctica funciona como un filtro discriminatorio. La ausencia total de explicaciones convierte la decisión en un acto de exclusión y humillación. En ese contexto, la sospecha de racismo no es una exageración, sino una conclusión lógica: se privilegia al extranjero y al blanco, mientras se margina al cubano negro, incluso dentro de espacios que se autodefinen como progresistas.

Más allá del caso puntual, el testimonio de Kevin Alejandro Bridon Mesa apunta a un problema estructural. No se trata solo de una noche frustrada o de una celebración truncada, sino de la reproducción de lógicas coloniales que siguen operando con absoluta impunidad. La denuncia exige algo básico: reconocimiento, disculpas y transparencia. Porque la cultura, si pretende ser auténtica, no puede excluir ni callar. Y porque nombrar el racismo —aunque incomode— sigue siendo una forma necesaria de dignidad.

Aquí dejamos la denuncia

«El 26 de diciembre, alrededor de las 10 de la noche, llegué con dos amigas a Fábrica de Arte Cubano. Para quienes me conocen, saben que el 27 era el cumpleaños de Arianna, y nuestra intención era celebrar juntos en un espacio cultural que se supone abierto, diverso y plural.

«Sin embargo, lo que vivimos esa noche fue una muestra dolorosa de lo mal que estamos como sociedad. Muchos dicen que mi defecto es no callarme la boca, pero yo siempre he creído que es mi mayor virtud: hablar cuando otros callan, denunciar lo que otros prefieren ignorar.

«Hicimos la fila como cualquier persona. Delante de nosotros, todos eran extranjeros o personas blancas, y a todos se les permitió entrar sin dificultad. Pero cuando llegó nuestro turno, un señor negro sí, negro como nosotros, nos separó y nos dijo que no podíamos entrar por “DERECHO DE ADMISIÓN”.

«Preguntamos la razón y no hubo explicación. Ni una palabra que justificara la decisión. Lo curioso es que otra mujer negra tampoco pudo entrar en ese momento, hasta que aclaró que no era cubana. Entonces sí la dejaron pasar.

«Yo insistí, le expliqué que era el cumpleaños de mi amiga, que al menos nos dijera por qué no podíamos entrar. Pero la respuesta fue el silencio.

«El llamado “derecho de admisión” es una figura que, en teoría, debería proteger la seguridad y el orden en un espacio público o privado. Sin embargo, en la práctica, se convierte en un mecanismo arbitrario que legitima la discriminación. Cuando no se ofrece explicación alguna, lo que queda es la sospecha de que se nos negó la entrada por ser negros o por ser cubanos.

«Ambas condiciones son parte de mi identidad y de mi orgullo. Pero lo que ocurrió esa noche demuestra cómo, incluso en espacios que se presentan como culturales y abiertos, se reproducen lógicas coloniales y racistas. Se privilegia al extranjero, se privilegia al blanco, y se margina al cubano negro.

«Esto no es un hecho aislado: es un síntoma de una sociedad que todavía no ha aprendido a mirarse en el espejo de la igualdad. El “derecho de admisión” sin transparencia se convierte en un derecho a excluir, un derecho a humillar, un derecho a perpetuar desigualdades que deberían estar superadas.

«Lo más «fula» no fue solo la negación de entrada, sino la forma en que se nos trató: como si no mereciéramos ni una explicación. Como si nuestra presencia fuera incómoda, indeseada, invisible.

«Ese silencio del señor negro que aparece en las fotos es más que un gesto individual: es la reproducción de un sistema que nos enseña a negar al otro, incluso cuando ese otro es igual a nosotros. Es la violencia de la exclusión disfrazada de norma administrativa.

«Por eso escribo esto. Porque no pienso callar. Porque lo que nos pasó no es solo una anécdota personal, es una denuncia política y humana.

«La cultura no puede ser un espacio de privilegio para unos y de exclusión para otros. El “derecho de admisión” debe ser regulado con transparencia y justicia, no usado como excusa para discriminar.

«Lo que vivimos esa noche en la FAC es un recordatorio de que aún tenemos mucho que transformar como sociedad. No basta con abrir puertas físicas si se cierran las puertas del respeto y la dignidad.

«Yo me quedo con la certeza de que ser negro y ser cubano es motivo de orgullo, nunca de vergüenza. Y me quedo también con la convicción de que denunciar estas injusticias es sembrar conciencia.

«Que este testimonio sirva para educar, para incomodar, y para recordarnos que la verdadera cultura no excluye: abraza, dignifica y nos hace mejores como pueblo».

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