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Por Max Astudillo ()

La Habana.- En los últimos meses, el discurso oficial ha repetido hasta la saciedad una cantinela conocida: la culpa de todo la tiene el bloqueo, la culpa de todo la tiene Trump, la culpa de todo la tiene el imperialismo. Pero cuando uno sale a la calle —o mejor, cuando uno se asoma a la Cuba profunda, a la que no sale en los partes oficiales—, las preguntas empiezan a acumularse como escombros tras un huracán.

¿De verdad la escasez de gas comenzó con Trump? ¿Acaso antes del 29 de enero, antes de la orden ejecutiva, los cubanos podían llenar el tanque de su casa con normalidad? No. El gas, ese bien del que solo disfrutan unos pocos privilegiados en algunas partes del país, lleva décadas siendo un lujo. Lo que ha cambiado es que ahora ya ni siquiera esos pocos lo tienen garantizado.

Hablemos de comida. ¿Fue Trump quien vació los estantes de las bodegas? ¿Él fue quien hizo desaparecer la carne de res, el cerdo, el pollo, el pescado? ¿Fue el presidente estadounidense quien permitió que el marabú —esa maleza invasora que hoy cubre más de la mitad de la tierra cultivable de Cuba— se apoderara de los campos? No. Esa es una cosecha plantada por décadas de ineficiencia, de colectivización forzada, de centralización absurda, de desincentivo al trabajo del campo. Esa es la cosecha del castrismo, no de la Casa Blanca.

¿Y las farmacias? Esos locales lúgubres donde los estantes parecen decorados de una película de posguerra, donde el medicamento es una aparición casi milagrosa, ¿son culpa de Trump? ¿Fue él quien desmanteló la industria farmacéutica nacional? ¿Fue él quien decidió que los médicos cubanos trabajaran con tensiómetros rotos y jeringas reutilizadas?

No. Esa es la gestión del sistema de salud que el régimen presume como «logro de la revolución», pero que en la práctica es una maquinaria de derivación de personal al exterior para generar divisas, mientras el cubano de a pie agoniza sin aspirinas.

El gobierno… la culpa del gobierno

Miremos las viviendas. ¿Tiene Trump alguna responsabilidad en que miles de cubanos vivan aún en bohíos de madera y guano, exactamente igual que hace cien años? ¿Fue él quien decretó que las casas se cayeran a pedazos por falta de mantenimiento y materiales de construcción?

No. Esa es la herencia de un modelo económico que nunca supo —ni quiso— dar prioridad a la calidad de vida de su pueblo, porque siempre hubo otras prioridades: expediciones militares en África, subsidios a aliados lejanos, proyectos de prestigio internacional.

Hablemos del transporte. ¿Fue Trump quien dejó a la aerolínea nacional con dos aviones desvencijados que apenas pueden despegar? ¿Fue él quien convirtió los trenes en una ruleta rusa de horarios —esos trenes católicos que salen «cuando Dios quiere»—, o quien dejó que las guaguas se pudrieran en los talleres por falta de piezas?

No. Esa es la industria nacional que la revolución ‘construyó’ con tanto orgullo, la misma que hoy es un museo de la desidia.

¿Qué tiene que ver Trump con la corrupción?

Y ya que hablamos de culpas, hablemos de la represión. ¿Fue Trump quien entrenó a los agentes de la seguridad del Estado para perseguir, intimidar y encarcelar a quienes piensan distinto? ¿Él fue quien diseñó el sistema de corrupción que permite a los dirigentes vivir en burbujas de privilegio mientras el pueblo se hunde?

¿Fue él quien institucionalizó la mordaza, el uniforme único, el pensamiento único, la miseria única? No. Eso es el castrismo en estado puro. Eso es lo que llevamos décadas padeciendo, con o sin bloqueo, con o sin Trump, con o sin orden ejecutiva.

Así que no. La culpa no es de Trump. La culpa no es del bloqueo, aunque el bloqueo exista y dañe. La culpa es de un sistema que, en sesenta y siete años, ha sido incapaz de garantizar lo más elemental a su pueblo.

Sí, la culpa es de una clase política que convirtió la escasez en herramienta de control y la miseria en coartada ideológica. La culpa es del castrismo. Siempre lo fue. Y mientras sigamos buscando culpables al otro lado del estrecho, seguiremos sin mirar de frente al verdadero responsable, ese que está sentado en una poltrona en La Habana, no en Washington.

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