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Por Yosmany Mayeta
Bayamo.- Hubo un tiempo en que los carruajes fúnebres tirados por caballos eran símbolo de grandeza. En las antiguas monarquías de Europa, cuando fallecía un rey, un noble o una figura de gran poder, su cuerpo era trasladado en carrozas solemnes adornadas con telas, metales y símbolos reales. Aquellos carruajes avanzaban lentamente por las calles entre multitudes que observaban el último viaje de quienes habían gobernado imperios.
En ese entonces, aquello no era atraso. Era, precisamente, lo más moderno que podía existir. En una época sin motores, sin combustible y sin tecnología, el carruaje fúnebre representaba elegancia, solemnidad y respeto.
Los siglos pasaron. Llegaron los automóviles, los motores, los servicios funerarios modernos, las carrozas motorizadas, los vehículos especializados para trasladar a los fallecidos con dignidad y seguridad. El mundo avanzó.
Pero en Bayamo, en pleno 2026, una imagen que pertenece más a los museos de historia que a la vida cotidiana ha vuelto a aparecer: carruajes fúnebres tirados por caballos.
Lo que en siglos pasados fue símbolo de progreso dentro de su tiempo, hoy se percibe como señal de retroceso. No porque el caballo sea indigno, sino porque en una era donde la tecnología y los recursos deberían garantizar servicios básicos modernos, regresar a estos métodos refleja las profundas carencias que vive el país.
Durante siglos, la humanidad avanzó para dejar atrás esos medios de transporte. Hoy, sin embargo, la crisis económica y la falta de combustible en Cuba obligan a rescatar escenas que parecían enterradas en los libros de historia.
Y la pregunta que muchos se hacen no es si el carruaje es bonito o tradicional.
La pregunta es otra: ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI un país tenga que retroceder siglos para poder ofrecer algo tan básico como un servicio fúnebre?