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Por Luis Alberto Ramirez.
Miami.- Hoy el cubano de a pie no sabe si se enfrenta a una crisis humanitaria por falta de petróleo, a un cambio de régimen, a una transición paulatina o incluso a una intervención extranjera. Lo único seguro es la incertidumbre. Y quizá esa sea la mayor que se ha vivido en la Isla desde la llegada de Fidel Castro al poder.
En La Habana de la asfixia petrolera se amanece con el olor agrio del humo de la basura acumulada en las calles. Apenas circulan autos por el largo y hermoso Malecón de La Habana, anclado frente a un mar cada vez más vacío de barcos. La gente camina en silencio, como sombras sin rumbo, esperando, sin saber exactamente qué, pero que algo caiga del cielo.
Cada día, la mayoría de los cubanos sale a “inventar”, como ellos llaman a buscar cualquier método posible para sobrevivir en condiciones que hace tiempo dejaron de ser excepcionales para convertirse en rutina. Pero desde hace tres semanas la angustia tiene un nuevo ingrediente: la advertencia del presidente estadounidense Donald Trump sobre posibles aranceles a quienes suministren combustible a Cuba. Desde entonces, además de inventar, los cubanos también esperan.
Esperan porque llevan años encadenando crisis. Es una caída constante, lenta, casi hipnótica. Como la luna que gira alrededor de la Tierra en su eterno intento de caer sin lograrlo, Cuba parece atrapada en la órbita de su propio empobrecimiento. El deterioro se vuelve paisaje; la escasez, costumbre; la precariedad, normalidad.
Hoy entrar a una farmacia en Centro Habana es enfrentarse a estantes vacíos. No hay aspirinas, no hay tiritas, no hay lo básico. Solo quedan hierbas para infusiones, como si el sistema sanitario hubiese retrocedido décadas. En la calle Oficio, un anciano pregunta a un extranjero, con mezcla de pudor y necesidad, si por casualidad tendrá paracetamol para el dolor de rodillas. Esa escena, repetida mil veces, resume mejor que cualquier estadística el momento del país.
Mientras tanto, las colas para sacar efectivo se alargan durante horas. Los bancos funcionan a medias por los apagones, la falta de billetes y, sobre todo, por la desconfianza. Porque cuando la gente deja de confiar en el dinero, en las instituciones y en el mañana, lo que se erosiona no es solo la economía: es el tejido mismo de la sociedad.
La gran pregunta sigue flotando en el aire espeso de la Isla: ¿seguirá Cuba dando vueltas eternamente alrededor de su miseria o cambiará finalmente de órbita hacia el bienestar de su pueblo? Nadie lo sabe. Y en Cuba, hoy por hoy, la incertidumbre también se ha vuelto una forma de vida.