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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- El país le entró a esta semana con un nuevo lenguaje en boca de sus ministros. Autonomía empresarial, empresas mixtas en municipios, redimensionamiento del Estado, cambio de matriz energética y promesas de exportaciones.

El vocabulario, novedoso en la isla, no es fruto de una conversión ideológica repentina, sino el síntoma más claro de la asfixia: el mismo gobierno que durante décadas asfixió la iniciativa privada con prohibiciones y monopolios ahora intenta respirar con un tubo de oxígeno retórico. Pero las palabras, por sí solas, no llenan estómagos ni encienden motores.

La historia reciente de Cuba es un cementerio de directrices económicas que duraron lo que el poder quiso. Nadie olvida los bruscos frenazos a las reformas de los noventa, la criminalización del cuentapropismo o las oleadas de multas injustificadas que ahogaron cualquier intento de despegue.

Ahora, con una economía en caída libre, sin petróleo, sin turismo ruso ni los miles de millones de los servicios médicos exportados, el régimen descubre que no hay plan de supervivencia que resista sin recursos. La pregunta incómoda flota en el aire: ¿no será demasiado tarde para incluir al pueblo cubano en el desarrollo del país?

La patada del ahogado

El gobierno abre tímidamente la puerta a la inversión extranjera, pero los capitales no llegarán mientras el clima político y empresarial sea una maraña de desconfianza. ¿Quién se asociará con un Estado que ha sido el monopolista por excelencia, el mismo que excluyó al cubano de la economía real y trató a su diáspora como apestada financiera? Sin claridad jurídica, sin electricidad estable, cualquier proyecto se desvanece antes de nacer. Las fábricas paradas y los apagones no se resuelven con decretos.

La exclusión histórica del cubano común ha sido el lastre más pesado. Mientras a los ciudadanos se les relegaba a negocios de fritas y helados, perseguidos con multas y trabas, el Estado se reservaba el monopolio de la importación, la exportación y el financiamiento externo. Hoy, sin acceso a créditos internacionales, el gobierno descubre que necesita a esos mismos cubanos, pero la desconfianza mutua es un abismo de 67 años. La diáspora, con su capital y su conocimiento, sigue siendo vista con recelo en lugar de ser abrazada como salvavidas.

Lo que presenciamos es un cambio cosmético, una pataleta final. La inflación galopante y el mercado cambiario siguen sin control porque no hay divisas que lo sostengan. La demagogia y la politiquería no pueden suplir la visión económica que nunca existió. En su desesperación, el gobierno intenta en dos años lo que no quiso hacer en casi siete décadas: abrirse a la realidad. Pero sin recursos, sin energía y sin un verdadero cambio de mentalidad, el acta de defunción económica de Cuba parece escrita. Solo falta la fecha.

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