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Por Redacción Internacional
La Habana.- El régimen cubano volvió a tensar la cuerda con Washington en medio de la peor crisis energética que ha vivido la Isla en años. Esta vez, el choque no vino por discursos ni sanciones, sino por algo tan básico como el diésel.
Según reportó The Washington Post este viernes, La Habana bloqueó una solicitud de la Embajada de Estados Unidos para importar combustible destinado a sus generadores eléctricos, calificando la petición como “descarada”. Todo en un país donde los apagones son parte del menú diario.
La negativa no es un hecho aislado. Responde a una lógica política que el régimen ha sostenido durante décadas: resistir, incluso cuando la casa se está cayendo. Desde la perspectiva oficial, permitir esa importación sería concederle una ventaja a quien, según su narrativa, mantiene una “presión energética” sobre Cuba. Pero la realidad, como casi siempre, es más cruda: el sistema eléctrico nacional está colapsado y no hay combustible ni para sostener lo mínimo.
El problema es que la decisión tiene consecuencias concretas e inmediatas. Sin ese diésel, la propia embajada advirtió que podría verse obligada a reducir su personal no esencial a partir de mayo, o incluso antes. Ya están operando en modo supervivencia: funcionarios viviendo en casas compartidas, trabajo remoto improvisado y una administración que estira cada litro de combustible como si fuera oro. No es una escena diplomática habitual; es una postal de crisis.
Mientras tanto, el cubano de a pie mira este episodio con una mezcla de ironía y resignación. Porque si la embajada de la principal potencia del mundo no puede garantizar electricidad para sus operaciones, ¿qué queda para el resto del país? Hospitales sin respaldo, barrios enteros a oscuras y una economía que funciona a base de apagones programados y promesas incumplidas. La diferencia es que unos negocian diésel; otros simplemente se quedan sin luz.
Al final, este episodio dice mucho más de lo que parece. No es solo un pulso entre dos gobiernos, es el reflejo de una isla atrapada en sus propias contradicciones. Un régimen que rechaza combustible por dignidad política, mientras su pueblo cocina con leña y duerme sin corriente. En el medio, una embajada que, en pleno siglo XXI, tiene que plantearse si puede seguir operando en un país donde la energía —literalmente— se ha convertido en un lujo.