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Por Jorge L. León (Investigador e Historiador)
Houston.- No estoy seguro de nada. En estos momentos todo parece moverse en un tablero en llamas. Las señales que llegan desde Washington respecto a la política hacia Cuba no terminan de dibujar un plan estratégico claro. Más bien parecen movimientos tácticos dentro de una situación extremadamente compleja, donde cada gesto puede tener consecuencias imprevisibles.
En medio de esa incertidumbre hay, sin embargo, una percepción bastante extendida: en cualquier variante de presión, negociación o reajuste interno del régimen, el sacrificado sería Miguel Díaz-Canel.
Es la pieza más débil del tablero. La más prescindible. La más fácil de retirar sin alterar demasiado la estructura real del poder. Pero ese escenario, aunque probable desde la lógica del sistema, no es lo que verdaderamente esperan los cubanos.
Los cubanos no quieren simplemente la salida de Díaz-Canel. Lo que desean es el final de un aparato de poder que durante décadas ha estado dirigido por la vieja cúpula del castrismo, encabezada por Raúl Castro y por un grupo de dirigentes que han controlado cada espacio político, económico y militar del país.
Aquí aparece el verdadero problema.
Se dirá: vayamos paso a paso. Si cae Díaz-Canel podría abrirse una grieta en el sistema. Podrían liberarse los presos políticos. Tal vez surgiría una mayor libertad de expresión. Quizás la prensa podría empezar a respirar sin la asfixia permanente de la censura. Incluso podría debilitarse el monopolio del Partido Comunista y, en un plazo razonable, convocarse elecciones.
Todo eso sería, sin duda, un avance importante. Sería un primer movimiento positivo en un tablero que lleva demasiados años congelado. Pero inmediatamente surge una pregunta inevitable.
¿Y los responsables?
¿Qué ocurre con quienes durante más de seis décadas dirigieron el aparato de represión, firmaron condenas injustas, destruyeron vidas, empujaron al exilio a millones de cubanos y llevaron a un país entero a la ruina económica y moral?
En ningún caso pueden quedar sin responder por sus actos. Porque entonces el cambio sería solo una simulación.
El problema cubano no puede reducirse únicamente a la economía. Es cierto que el país necesita reconstruir su aparato productivo, abrir su economía y permitir que la sociedad vuelva a respirar. Que el pueblo cubano salga de la pobreza, de los apagones interminables y de la escasez permanente sería una conquista enorme.
Pero Cuba no necesita solamente prosperidad. Necesita justicia.
Si una transición se limita a cambiar una figura visible del poder mientras los verdaderos responsables permanecen intactos, lo que se estaría haciendo sería simplemente administrar el pasado sin resolverlo. Sería como limpiar el suelo después de un crimen sin investigar quién lo cometió.
Trapear la sangre de los atropellos y decir: Hemos cumplido. No.
La nación cubana arrastra demasiadas heridas para aceptar una salida superficial. Durante décadas se han acumulado abusos, humillaciones, encarcelamientos y mentiras que han marcado profundamente la conciencia nacional. Por eso el futuro de Cuba no puede construirse solo sobre cálculos económicos o maniobras diplomáticas.
Hay una dimensión moral que no puede ignorarse.
La verdadera reconstrucción del país exige algo más que inversiones, reformas o nuevos acuerdos internacionales. Exige que se reconozca la verdad de lo ocurrido y que exista responsabilidad por el daño causado.
Solo entonces Cuba podrá iniciar una etapa auténticamente nueva.
Porque un país puede levantar su economía con relativa rapidez cuando se abren las puertas de la libertad. Pero reconstruir su dignidad moral exige algo más profundo: memoria, justicia y limpieza histórica.
Mover una pieza del tablero puede parecer un avance. Pero Cuba necesita cambiar el tablero completo.