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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Nunca un discurso presidencial había generado tanto rechazo sin necesidad de ser escuchado con atención. Bastó ver el rostro de Miguel Díaz-Canel, esa mezcla de gravedad impostada y suficiencia burocrática, para que los cubanos comprendieran que la cadena nacional no traería ninguna luz al final del túnel.

El anuncio había creado una expectativa inusual en las redes y los medios, esa esperanza absurda que todavía alberga quien cree que el poder puede rectificar, puede reconocer el error, puede al menos tender una mano. Pero el mensaje fue el de siempre: más resistencia, más sacrificio, más culpa para el imperio y más paciencia para un pueblo que lleva décadas ayunando de futuro. Fue la gota que rebosó una copa que ya no solo estaba llena, sino que se derramaba por los bordes de una geografía exhausta .

Lo que ocurrió después en Morón no fue un estallido espontáneo ni mucho menos una conspiración tejida en Miami. Fue la consecuencia lógica de un divorcio consumado hace mucho tiempo entre quienes gobiernan y quienes sobreviven.

Cuando un presidente se sienta frente a las cámaras para justificar lo injustificable —el desabastecimiento crónico, los apagones de cuarenta horas, la diáspora de dos millones de almas, la salud hecha escombros, la educación desangrada— y lo envuelve todo en el mismo discurso de siempre, lo único que logra es certificar ante el país que no hay salida posible desde dentro del sistema. Y entonces la calle habla. Y cuando la calle habla en Cuba, no es por ósmosis con Washington ni por influencia de ningún think tank: es porque el estómago duele y la nevera está vacía .

Seda para unos, garrote para otros

Hay quien insiste en mirar hacia el norte para explicar lo inexplicable. Como si el descontento necesitara pasaporte para nacer. El gobierno lleva años construyendo un relato donde el bloqueo es el único verdugo y ellos, los mártires que resisten estoicamente. Pero el bloqueo tiene más de sesenta años y, sin embargo, no siempre hubo este nivel de deterioro, ni esta desigualdad insultante entre la casta que vive en pesos convertibles y el pueblo que malvive en pesos cubanos.

Lo que ha cambiado no es la hostilidad externa, sino la capacidad interna: la gestión catastrófica de una economía intervenida hasta la asfixia, el control férreo que impide cualquier iniciativa privada con vuelo, los impuestos que estrangulan al cuentapropista mientras la empresa estatal se desploma sin remedio. No se persigue la pobreza, se persigue la riqueza ajena, y ese es el pecado original de un modelo que ya no sostiene a nadie .

Mientras tanto, el gobierno negocia con Estados Unidos. Tiende puentes, busca acuerdos, habla de diálogo respetuoso. Y al mismo tiempo, en Morón, los agentes disparan contra jóvenes desarmados, lanzan perros entrenados, instalan cercos policiales en las viviendas de quienes osaron documentar la protesta.

Esa dualidad perversa —la seda para el imperio, el garrote para el pueblo— revela la naturaleza profunda de un poder que ha perdido toda legitimidad moral. No hay contradicción más obscena que la de pedir comprensión internacional mientras se reprime con saña a los ciudadanos que solo reclaman luz, pan y libertad. Porque lo que estalló en Morón no fue una demanda política importada, fue el hartazgo orgánico de quien lleva años escuchando promesas y recibiendo excusas   .

En Morón pidieron libertad

La imagen del edificio del Partido Comunista ardiendo en la noche avileña debería ser leída con honestidad. No fue un acto vandálico sin más: fue un símbolo. El pueblo ya no distingue entre el funcionario de turno y la estructura que representa. Para quienes sobreviven entre apagones interminables y colas interminables, el Partido es el rostro visible de una burocracia que no produce, no resuelve y no escucha.

El historiador Fabio Hernández lo dijo con claridad: en los noventa hubo crisis económica y social, pero no crisis política. Hoy la crisis lo abarca todo, incluida la adhesión al proyecto revolucionario. Y eso es lo que el poder no quiere entender: que cuando el país real ya no se reconoce en el país oficial, la ruptura es cuestión de tiempo .

Morón ha marcado un camino incómodo para el relato oficial. Lo ocurrido allí no es un incidente aislado, no es la obra de grupúsculos contrarrevolucionarios financiados desde el sur de Florida. Es la punta de lanza de un cansancio colectivo que ya no cabe en los márgenes de la contención policial.

La dirigencia puede seguir culpando al bloqueo, a Trump, a las redes sociales, a los mercenarios de siempre. Pero en las calles de Morón, mientras las piedras volaban contra los cristales de las oficinas estatales, nadie coreaba consignas contra Washington. Gritaban libertad, sí. Pero sobre todo gritaban: esto no puede seguir así. Y ese grito, que nace del estómago y no de ninguna agenda externa, es el que el gobierno tendría que escuchar si no estuviera ya tan sordo de poder y tan ciego de soberbia  .

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