Miami.- Hubo un momento en que Cuba dejó de ser un país… y pasó a ser un experimento. Un experimento caro, improvisado y profundamente arrogante.
El llamado «Cordón de La Habana» no fue un proyecto agrícola; fue el capricho de un hombre que creyó que podía doblarle el brazo a la naturaleza, ignorar la ciencia y sustituir siglos de experiencia campesina con consignas y voluntarismo. Y lo peor: lo hizo con un país entero como laboratorio.
La gran paradoja: café donde no crece… y abandono del que ya estaba en producción
Mientras se movilizaban miles de personas para sembrar café en los alrededores de La Habana, en suelos que no servían, las zonas históricamente cafetaleras del oriente cubano se venían abajo. La Sierra Maestra y el Segundo Frente Oriental, donde el café sí tiene condiciones naturales, vieron sus tierras expropiadas y sus cafetales abandonados. ¿Por qué? Porque el problema no era agrícola… era político. Se eliminó al campesino tradicional, el que sabía cuándo sembrar, podar y cosechar, y se le sustituyó por oficinistas con botas nuevas.
Estudiantes obligados. Brigadas sin conocimiento técnico. El resultado: se perdió el «saber hacer». Y cuando se pierde el conocimiento, la tierra pasa factura.
Sembrar café en piedra: el desprecio por la agronomía
El café no es un cultivo caprichoso. Tiene reglas claras: necesita suelos profundos y ácidos, requiere sombra controlada y depende de cierta oscilación térmica. Nada de eso existía en los terrenos de La Habana. Allí predominan suelos de una capa superficial muy delgada, de poca profundidad efectiva, una fina capa de tierra sobre roca caliza. Traducido al lenguaje de a pie: raíces sin profundidad, drenaje deficiente, estrés constante para la planta. Pero eso no importó, porque cuando el poder se basa en la voluntad de un solo hombre, la agronomía se convierte en un estorbo.
El caos del «cinturón verde»
El plan no solo incluía café; se quiso hacer todo a la vez: gandul como sombra improvisada, frutales, aguacate, mango, cítricos. Supuesta autosuficiencia de la capital. En teoría: un ecosistema. En la práctica: un desastre.
¿Por qué? Porque mezclar múltiples cultivos exige conocimiento técnico, manejo especializado y seguimiento constante. Y lo que había era mano de obra improvisada. El resultado fue predecible: plagas sin control, podas inexistentes, plantaciones abandonadas. No fue diversidad agrícola… fue caos organizado.
Ego vs. realidad: el patrón se repite
El Cordón de La Habana no fue un error aislado. Fue parte de un patrón. Antes estuvo el intento de dominar la Ciénaga de Zapata, ignorando la salinidad, el equilibrio ecológico y la lógica del terreno. Después vendrían otros experimentos fallidos. La constante siempre fue la misma: el ego político sustituyendo a la ciencia.
El resultado: escasez y humillación para el pueblo
Cuba había sido exportadora de café. Después del Cordón, terminó importándolo y racionándolo. Y no solo eso: hubo que mezclarlo con chícharo. Sí, chícharo. El símbolo perfecto del fracaso: un país con tradición cafetalera, obligado a adulterar su propio producto para que alcanzara.
La verdad incómoda
El Cordón de La Habana no fracasó por mala suerte. Fracasó porque se despreciaron las condiciones naturales, se destruyó el conocimiento campesino y se sustituyó la técnica por la ideología. Pero, sobre todo, fracasó porque un país fue administrado como una finca privada… con la diferencia de que el dueño no sabía sembrar. En el campo, cuando alguien no sabe, pregunta. En Cuba, cuando el que no sabe manda… nadie puede corregirlo.
Y así, Fidel Castro, entre consignas y machetes, no sembró café: sembró el fracaso. Según el propio Fidel Castro, el Cordón convertiría La Habana en una potencia cafetalera… La realidad fue exactamente la contraria.