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Copiador sí, estadista nunca

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Por Jorge L. León

Houston.- A un cirujano se le mide por las vidas que salva; a un arquitecto, por la calidad y permanencia de sus obras; a un artista, por la belleza y profundidad de sus creaciones. A un jefe de Estado se le juzga por un criterio aún más severo: el bienestar real, sostenido y tangible de su pueblo. No por discursos, no por consignas, no por epopeyas fabricadas, sino por resultados históricos comprobables.

Aplicado ese principio elemental, el largo ejercicio del poder de Fidel Castro arroja un balance demoledor. La propaganda lo elevó al rango de “estadista”, pero la historia —que no aplaude ni milita— lo devuelve a su verdadera dimensión. Cuando llegó al poder, Cuba se encontraba entre las economías más funcionales de América Latina; cuando se fue, dejó un país empobrecido, dependiente, sin libertades y sin futuro visible.

Su primera gran muestra de irresponsabilidad absoluta ocurrió en 1962, durante la Crisis de los Misiles, cuando instó a Nikita Jrushchov a considerar un primer ataque nuclear contra Estados Unidos. Ese solo hecho bastaría para descalificarlo como estadista. Ningún líder sensato arriesga la aniquilación de su propio país para satisfacer una pulsión ideológica o personal. Aquello no fue valentía: fue temeridad suicida, miopía política y desprecio por la vida de millones de cubanos.

En el plano interno, su legado es todavía más devastador. Destruyó deliberadamente la economía nacional mediante estatizaciones forzosas, eliminación de la propiedad privada y una planificación central ineficiente que aniquiló la producción, el incentivo al trabajo y la creatividad individual. El resultado fue una nación incapaz de alimentar a su población, obligada a importar lo que antes producía y a mendigar subsidios extranjeros para sobrevivir.

A esto se sumó la militarización permanente del país y la exportación obsesiva de revoluciones ajenas, que drenaron recursos humanos y materiales indispensables. Mientras miles de cubanos eran enviados a guerras lejanas, el país se hundía en la escasez, el racionamiento y el deterioro social.

La sangre vendida: 20 mil vidas cubanas perdidas entre ambiciones y crímenes

Las guerras en África, torpes y llanas de ambiciones mezquinas, costaron la vida de 13 mil cubanos. Soldados que murieron no por defensa de la patria, sino para alimentar el ego desmedido de un régimen que vendió sangre cubana por intereses políticos insensatos. A estas pérdidas se suman las 7 mil vidas que se cobró la represión interna, fruto de una dictadura cruel que no dudó en eliminar a sus propios hijos para sostener su poder. Este costo humano, brutal y desgarrador, es un precio insoportable para la nación cubana. ¿Es esto pensar en su pueblo? ¿O es simplemente el sacrificio inútil de vidas humanas para mantener una ilusión autoritaria?

El fracaso no fue solo económico. Fue también moral e institucional. Castro aniquiló las libertades civiles, persiguió el pensamiento independiente, encarceló, exilió o silenció a generaciones enteras de talento. Un país sin libertad de expresión ni alternancia política es un país condenado a repetir errores sin posibilidad de corrección.

Finalmente, erigió un culto personalista copiado de los manuales autoritarios del siglo XX. Imitó a Hitler, a Mussolini y a otros caudillos europeos en símbolos, gestos y métodos, pero careció de la capacidad —o la voluntad— de construir instituciones sólidas y duraderas. Sustituyó la rendición de cuentas por propaganda, y la verdad por consignas.

Ese es el balance final: riesgo nuclear, ruina económica, represión sistemática, destrucción del capital humano, dependencia externa y un país moralmente exhausto. Un estadista deja instituciones, prosperidad y futuro. Fidel Castro dejó ruinas, miedo y miseria.

La historia, cuando se escribe con hechos y no con consignas, no absuelve ni mitifica: condena. Y su veredicto es irreversible. Fidel Castro no dejó una nación mejor, ni más justa, ni más digna; dejó un país arrasado, una sociedad mutilada y generaciones condenadas a sobrevivir donde antes se podía vivir.

No fue un estadista incomprendido, fue un experimento humano fallido. No fue un visionario adelantado a su tiempo, fue un dogmático ciego. No fue un constructor de futuro, fue un destructor sistemático del presente.

El hambre, el exilio, el miedo y la mentira permanente no son daños colaterales: son su obra. Y cuando un gobernante necesita propaganda eterna para ocultar resultados inexistentes, la historia no duda.

Copiador, sí. Estadista, nunca.

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