Por Jorge Sotero ()
La Habana.- En las redes sociales cubanas hay dos ejércitos. Uno lucha a cara descubierta, con nombre y apellido, sabiendo que cada tuit puede costarle años de prisión, una golpiza en un calabozo o el exilio forzado. El otro se esconde. Utiliza perfiles falsos, fotos de desconocidos, identidades inventadas. Son los “combatientes” digitales del régimen, la ciberclaria oficial, esa legión de anónimos que el Partido Comunista, las organizaciones de masas y hasta las empresas estatales mantienen en nómina para ensuciar a cualquiera que ose criticar al sistema. Mienten, insultan, difaman, pero jamás dan la cara. Porque los cobardes, ya se sabe, siempre disparan desde la sombra.
Cada gobierno provincial tiene los suyos. Cada sindicato, cada universidad, cada centro de trabajo. Gente que cobra salarios que son el triple de lo que gana un médico o un profesor, solo por dedicarse a la tarea más ruin del periodismo: el descrédito. No investigan, no denuncian la corrupción, no señalan a los que roban. Solo atacan. Su trabajo es desprestigiar al que piensa distinto, ridiculizar al que protesta, demonizar al que sueña con una Cuba libre. Y lo hacen con una saña que no conoce límites, porque saben que detrás del perfil falso no hay consecuencias. El anonimato es su trinchera, la mentira su munición.
Plataformas como “Tras la Huella” o “Guerrero Cubano” son el ejemplo más nauseabundo de esta fábrica de odio. Son el refugio de los Humberto López, los Michel Torres Corona, los Randy Alonso de pacotilla, esos que no tienen el talento ni la audiencia de los grandes propagandistas oficiales, pero que compensan con una agresividad que da asco. Atacan a los opositores con una virulencia que solo pueden permitirse los que nunca han sentido el miedo de una detención, los que nunca han visto a un familiar ser arrastrado por la policía política, los que escriben desde la comodidad de una oficina con aire acondicionado y sueldo asegurado.
La vergüenza de Cuba
Los opositores, en cambio, no tienen ese lujo. Van a cara descubierta. Publican con su nombre real, con su foto, con su historia. Saben que cada palabra puede ser usada en su contra en un juicio amañado. Saben que una denuncia anónima puede terminar en un allanamiento, o que sus hijos pueden ser repudiados en la escuela. Y aún así, se atreven. Le cantan las cuarenta a Díaz-Canel, se burlan de su limonada, señalan a los Castro por su cinismo. No se esconden. No tienen protección oficial. Son valientes. Son, en definitiva, lo contrario a los que los atacan.
Esta guerra sucia no es nueva. Viene de lejos, desde los primeros años de la revolución, cuando Fidel Castro ya utilizaba la prensa y las organizaciones de masas para desprestigiar a sus enemigos. Pero lo que antes se hacía con panfletos y consignas, hoy se hace con teclados y conexión a internet. La tecnología no ha cambiado la esencia: sigue siendo un gobierno que no soporta la crítica, que no tolera la disidencia, que prefiere gastar millones en acallar voces antes que en resolver los problemas reales del país.
Y mientras tanto, los médicos siguen ganando una miseria, los profesores se van del país, los hospitales carecen de lo básico, y las farmacias siguen vacías. Pero los ciberclarias tienen su salario asegurado. Cobran por insultar. Cobran por mentir, por defender lo indefendible. Son la vergüenza del periodismo cubano, la cara más patética de un régimen que ya no puede sostener su mentira ni con fusiles ni con discursos. Pero que aún puede pagar a sus sicarios digitales.
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