Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Rodrigo Muñoz (Especial para El Vigía de Cuba)
Santiago de Chile.- La tarde electoral empezó a inclinarse temprano y sin anestesia. Con apenas un 25,37% de las mesas escrutadas, José Antonio Kast ya le sacaba una diferencia aplastante a Jeannette Jara: 59,83% contra 40,17%. No era una tendencia, era un mensaje. Chile, otra vez, hablaba con números fríos y contundentes, de esos que no admiten interpretación creativa ni consuelo ideológico. El país parecía decir basta, aunque todavía faltara mucho conteo por delante.
En Presidente Errázuriz, comuna de Las Condes, el ambiente es otro país. Bocinazos, gritos, abrazos, banderas y esa efervescencia que solo aparece cuando el poder empieza a sentirse al alcance de la mano. En el otro extremo, en el barrio París-Londres de Santiago Centro, el clima es denso, casi funerario. El comando de Jeannette Jara seguía el conteo con rostros largos, como si cada actualización del Servel confirmara lo que muchos ya intuían desde antes del cierre de mesas. La política también se mide por silencios, y allí sobraban.
Al comando de Kast comenzaron a llegar, uno a uno, los presidentes de los partidos de Chile Vamos. La derecha tradicional, que durante meses miró con recelo al republicano, ahora se acomodaba rápido al nuevo escenario. Guillermo Ramírez, presidente de la Unión Demócrata Independiente (UDI), esquivó definiciones sobre la presencia de Evelyn Matthei, dejando entrever que, en política, nadie quiere llegar antes de tiempo ni quedarse fuera de la foto final. La noche todavía era joven, pero los gestos ya hablaban.
Puertas adentro, sin prensa y con pulseras verdes, los adherentes de Kast seguían el minuto a minuto animados por Ignacio Dulger, mientras diputados electos y figuras del mundo republicano y libertario iban llenando la sede. Al mismo tiempo, Jara observaba los resultados desde el Hotel Fundador, con pantallas, escenario y militantes que intentaban sostener el ánimo frente a un escenario cuesta arriba. Dos comandos, dos realidades, un mismo país dividido.
Con el cierre de mesas ya en marcha, La Moneda también entraba en modo protocolo. Gabriel Boric, junto a su gabinete, seguía los resultados preparando las llamadas de rigor y una vocería inevitable. Para el día siguiente ya estaba agendada la reunión entre el Presidente saliente y el Presidente electo. La democracia, incluso cuando incomoda, sigue su libreto. Y mientras algunos celebraban y otros digerían la derrota, Chile comenzaba a asomarse, sin entusiasmo ni ingenuidad, a un nuevo ciclo político.