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Por Oscar Durán

La Habana.- Estados Unidos volvió a tensar la cuerda con Cuba, esta vez con un movimiento que golpea directo donde más duele: el combustible. La nueva licencia emitida por el Departamento del Tesoro, que sustituye una exención previa sobre el comercio de petróleo ruso, llega justo cuando un buque petrolero procedente de Rusia se dirige a la isla. Pero hay un detalle que lo cambia todo: Washington ha dejado claro que Cuba y Corea del Norte quedarán fuera del juego.

La medida, que estará vigente hasta el 11 de abril, mantiene en esencia las condiciones anteriores, pero introduce una exclusión explícita que no pasa desapercibida. Cualquier transacción que involucre a Cuba queda automáticamente vetada. En otras palabras, ese cargamento de crudo que navega rumbo al Caribe entra en una zona gris donde el riesgo de sanciones lo convierte en un problema más que en una solución.

Para La Habana, esto no es un simple tecnicismo. Es un golpe en medio de una crisis energética que ya tiene al país sin funcionar. Apagones, escasez de combustible y una economía por el piso forman parte del día a día, y la llegada de petróleo ruso representaba, al menos, un respiro momentáneo. Ahora, con el veto estadounidense sobre la mesa, ese alivio pende de un hilo.

Desde Washington, la jugada responde a una lógica más amplia. La flexibilización temporal de las sanciones al petróleo ruso busca contener el alza de los precios energéticos a nivel global, pero sin ceder en frentes políticos sensibles. Y Cuba, como ha ocurrido tantas veces, vuelve a quedar atrapada en medio de esa estrategia, convertida en daño colateral de una disputa mayor.

Al final, el mensaje es claro: el petróleo puede moverse, pero no hacia cualquier destino. Mientras el buque ruso avanza sobre el mar, la incertidumbre crece en tierra firme.

En Cuba, donde cada gota de combustible cuenta, una decisión tomada en Washington puede marcar la diferencia entre encender la luz o seguir, una vez más, a oscuras.

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