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Por Yeison Derulo

La Habana.- Los 32 cubanos que murieron en Venezuela ya regresaron a la isla convertidos en polvo. O al menos eso dicen unas urnas selladas que llegaron sin garantías, sin certezas y sin respeto. Las familias recibieron una caja cerrada y una versión oficial que no resiste el más mínimo análisis. Nadie sabe si esas cenizas corresponden realmente a su hijo, a su hermano o a su esposo. En Cuba, incluso la muerte viene con mentira incluida, y el duelo se administra como un trámite político.

La dictadura, fiel a su manual de cinismo, los declaró héroes. Héroes de una batalla que nunca existió, enfrentados —según el relato épico— a un ejército estadounidense. La realidad es otra: esos muchachos no tuvieron tiempo ni de entender qué estaba pasando, mucho menos de empuñar un arma. Fueron carne de cañón, usados, desechados y ahora reciclados en propaganda. No murieron combatiendo; murieron engañados.

Mientras las madres lloran frente a una urna sospechosa, Nicolás Maduro todavía anda diciendo en Nueva York happy new year. Todo es un circo macabro donde los poderosos actúan y los pobres ponen los muertos.

El teatro no termina ahí. En las provincias cubanas ya se preparan homenajes, actos políticos, flores obligatorias y discursos huecos. Honores póstumos para tapar la irresponsabilidad criminal de haber enviado cubanos a morir en una operación que nunca fue clara. Dentro de poco, cuando se apaguen las consignas y se desmonten las tarimas, nadie volverá a mencionar sus nombres. El olvido también es política de Estado.

Y hay un detalle que duele más: muchos de esos soldados eran técnicos, muchachos del oriente del país, de las zonas más pobres y más olvidadas. A esos es a los que la dictadura convence con facilidad, a los que promete futuro y termina mandando a morir lejos, sin arma y sin explicación. Qué fácil es usar al oriental cuando hace falta llenar una misión, y qué rápido se le borra cuando ya no sirve. Ellos están muertos. El circo sigue. Y el dolor, como siempre, se queda en casa.

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