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Década de 1960. Un hospital en Nueva York. Pacientes ancianos, muchos de ellos gravemente enfermos.
Un investigador quería responder una pregunta. ¿Qué ocurriría si se inyectaban células cancerosas vivas en personas cuyo cuerpo ya estaba debilitado?
Necesitaba sujetos humanos. Acudió al Hospital Judío de Enfermedades Crónicas. Convenció a varios médicos de que el estudio podría aportar información valiosa para la ciencia.
Veintidós pacientes recibieron inyecciones de células cancerosas. No se les explicó con claridad qué contenían. No comprendían realmente lo que se les estaba administrando.
El objetivo no era tratarlos. Era observar.
Algunos médicos del hospital comenzaron a inquietarse. Consideraban que sus pacientes no habían dado un consentimiento informado real. Cuando intentaron detener el experimento, el investigador continuó con las inyecciones.
El hombre se llamaba Chester M. Southam. El caso salió a la luz. Hubo investigación. Fue declarado culpable de conducta poco ética y recibió libertad condicional. Su licencia fue suspendida temporalmente.
Más allá del castigo, el episodio dejó algo más profundo.
La medicina había avanzado enormemente en el siglo XX. Pero no siempre había avanzado al mismo ritmo en ética.
Este caso se convirtió en uno de los ejemplos que impulsaron reformas más estrictas sobre consentimiento informado y protección de pacientes en investigación clínica.
La pregunta que quedó flotando no fue científica. ¿Fue moral?
¿Hasta dónde puede llegar la ciencia cuando cree que el fin justifica el medio? (Tomado de Datos Históricos)