
La casa embrujada de El Vedado
Por Renay Chinea ()
Barcelona.- Nadie sabe cuál fue la primera vez que fuimos a parar a aquella casona con su hermoso jardín. Nadie sabe cuánto tiempo estuvimos yendo tarde tras tarde a aquella prodigiosa mansión, donde se juntó tanta gente valerosa y tantos sucesos marcaron nuestras vidas personales, y hasta la historia del país.
«La Revolución», esa mierda inculcada en mayúsculas, mostraba su verdadero rostro solo con abrir los ojos y mirar la historia y los personajes de aquella casa: la sede de la UNEAC, en calle H, esquina a 17, en El Vedado habanero.
A la altura de los 90, allí nos reuníamos un grupo variopinto de personas de muchos tipos, pero, sobre todo, gente vinculada a la literatura, la televisión, la música… el arte… y nosotros: los imberbes estudiantes de periodismo.
Sé que no podré. El camino de la narración es antojadizo como el de los arrieros: una cosa piensa el mulo… y otra el que lo apareja. Y en ese terco destino, uno escribe lo que puede. Pero allí conocí una tarde a Helio Orovio y lo quiero recordar.
Era un señor de andar lento, mirar rápido con sus ojos de huevo, su calva pronunciada y hablar despacio.
Nuestra amistad duró años. Ahora me sale a veces en documentales hablando y me mata la nostalgia, ese deseo de volver a aquellos días.
«Yo era músico», me dijo. «Pero me di cuenta de que, como músico, tocando el quinto con «Los Jóvenes del Cayo», no era un buen músico». Y se daba un traguito de ron en vaso plástico con hielo. «Entonces, cuando vino Allen Ginsberg… me celebró mis poemas y me hice poeta».
Hablar con Helio era como andar con un manojo amañado de papelinas de rasca y juega, donde todas estaban premiadas. Era una enciclopedia del chisme intelectual… el narrador en crudo de una Cuba de subsuelo y represión… Un intelectual de marca mayor, devenido musicólogo.
—Claro, porque un día descubrí que tampoco era poeta. Ese pozo se secó… y me puse a investigar y explicar la música cubana… Y como se hacía difícil juntar a todos los genios, acabé por hacer el Diccionario de la música cubana. Que tan poco dinero me trajo y tantos disgustos a la vez…
—Nada más me sirvió pa enterarme de los chismes de los músicos… ¡Calla, boca, calla, boca…! ¡Ay, qué chismoso soy…! —decía y se pegaba pequeños tapabocas entre risas, él mismo.
Yo quería saber cuáles eran los poemas que le había celebrado Ginsberg, pero él me contaba cuál era el chivato que le puso la Seguridad para perseguirlo… y me decía su nombre… Y me contaba que Ángel C., que así se llamaba, se dedicó a chivatear a los «mariquitas» porque no sé qué gay escritor lo rechazó.
Luego, pasadas las siete, nos íbamos a conseguir algo de comer en aquellos eternamente difíciles días de La Habana.
Hacia 1845, Lloret de Mar era un pueblo de cuatro mil habitantes en la costa catalana, donde se vivía del mar y del incipiente comercio con las colonias españolas de ultramar.
Una palabra recorría casas, bares y tabernas como un mantra: América, América, América. Ese año nació allí un niño llamado Narcís Gelats i Durall en el seno de una familia marinera. Con 14 años, hacia 1860, el joven Narcís llegó al puerto de La Habana, tras los pasos de un tío.
Al poco tiempo, estaba trabajando en una peletería familiar, vendiendo zapatos. A los pocos años, se fue a Estados Unidos a estudiar Economía o Administración de Empresas, en el sector bancario.
El 22 de noviembre de 1876, de vuelta en La Habana, fundó, junto con su hermano Joan y su tío Josep Durall i Maig, la casa bancaria Narciso Gelats y Compañía.
El negocio crecería hasta convertirse en el Banco Gelats, una de las entidades financieras más importantes de Cuba.
Narcís amplió, además, sus intereses empresariales. Participó en el mundo naviero y estuvo vinculado a compañías como La Tropical.
Su prestigio trascendió la banca: presidió la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Cuba y ocupó puestos destacados en instituciones económicas y de beneficencia catalanas.
Su hijo, Joan Gelats Botet, nacido en 1884, heredero y director, mandó a construir esta mansión con portón de reja elegante y carporche, rodeada de frondosos jardines, habitable desde marzo de 1920.
Bajo unos árboles altísimos de mango, estamos Helio y yo ahora.
—¿Tú ves estos árboles? Aparecen en Cabrera Infante. Aquí mismo, parado, me dijo: «De aquí se va a largar todo el mundo… y el que no se vaya, tú verás lo que le va a pasar».
Por esos días, yo había empezado a aprender francés. Hablaba a menudo con Ali, mi amigo de Malí, quien está leyendo estas líneas por algún lugar mientras corta el Níger a Bamako en dos.
Ali me preguntó algo de Trinidad, la ciudad colonial, pues quería visitarla con su novia etíope o algo de eso. Y le hablé de Trinidad. De niño, me llevaban a Trinidad de excursión por la escuela y aún recuerdo sus callejas sin turistas y el paso de los mulos sobre la piedra.
—¡Aprovecha, Kunta Kinte…! ¡Que ustedes no tienen eso en Malí! —le dije, y Ali me puso mala cara.
—Tú, blanco colonizador… Un día te voy a hablar de Gao y Tombuctú… Tú vas a aprender francés con historia de verdad —me dijo y se reía. Y un día me habló de Gao y Tombuctú.
Al llegar con Helio a la mesa, había varios invitados y un señor al que todos parecían escuchar.
Hablaba con otro que tenía gorra estilo bolchevique, pero era él quien más explicaba.
Hablaba con fluidez y mucha confianza. A menudo decía: «Sí, yo estuve allí». Y no paraba de dar un recital sobre las culturas ribereñas del África occidental.
—¿Y el interior qué tal? —preguntó el de la gorra.
Fue entonces cuando el hombre soltó los nombres de Gao y Tombuctú, las mismas ciudades de las que Ali me había hablado esa mañana.
—¿Eran territorios franceses? —preguntó alguien.
—¡Qué va! Eso vino después… Allí estaban los… los… —e hizo una pausa.
—Los songhai —dije.
Y el hombre se detuvo a mirarme. Tenía pelo de mulato, pero largo… y ya estaba entrado en canas. Me miró con una curiosidad enorme… y los demás también.
—¡Él es como yo, Maestro…! ¡Somos amantes de las descendientes de la tribu de los songhai…! —dijo Helio. Y todos se pusieron a reír.
Helio era famoso porque solía hacerse acompañar solo de damas negras. Entre ellas, un personaje llamado Baby: una negra clara, de ojos gacela, rasgos asiáticos, piel canela y culito apretado por un pantalón de mezclilla.
Ella y yo, casi 40 años después, a menudo recordamos a Helio.
Esa noche, mientras charlábamos, camino a 21, entre F y G, a comernos una pizza de cebolla, le comenté a Helio que me había dado un poco de vergüenza haber interrumpido a ese señor.
—¡Ah, no…! Él se quedó sorprendido de que tú supieras eso. Igualmente, te agradezco que me sacaste del bache… —le dije.
Y Helio se echó a reír:
—Lo que pasa, joven, es que cuando Rogelio Martínez Furé habla… todo el mundo hace una sola cosa: escucha. Apréndetelo.
Y así hice todas las veces siguientes en que coincidimos en el jardín de los Gelats.
—Esta casa está embrujada —me dijo Helio una tarde—. Yo le creo a Guillermo Caín: aquí el que no se vaya, se va a morir… ¿Tú ves ese vitral? Es de la casa Maumejean… Fue traído de París… Y ves aquella ventana: ahí dormía sobre la mesa, envuelto en la bandera, el poeta Nicolás Guillén… ¿Y ves esta galería aquí? ¡Aquí fue el juicio de Padilla! El día que todo el mundo se acobardó… —me decía y se daba palmaditas en la boca—. Yo también… —me decía—. Yo también.
En el 2003, finalmente volé a Ginebra y me fui de La Habana para siempre. Me han dicho que ya no queda nadie en el jardín de los Gelats. Me lo tomo como el acta de defunción de lo que fue un país.
Desde Ginebra, con la primera changa que hice, le mandé a Helio un puñado de francos suizos con Amado del Pino, que lo iba a ver.
Me dijo Amadito que Helio lloraba de contento, pues estaba en una pésima situación económica. A los pocos meses, murió. Leí la noticia con devastación en los obituarios de El País. Amadito también murió.
El señor Joan Gelats Botet, uno de los hombres más ricos de Cuba, se quitó la vida al ahorcarse de una de las soleras del piso alto de esa bella mansión.
Era el 14 de diciembre del Año del Gran Error.



















